Lon Chaney
(Colorado Springs, 1883 - Los Ángeles, 1930), apodado "El Hombre de las Mil Caras", fue un actor estadounidense durante la era del cine mudo. Considerado uno de los actores más versátiles de los comienzos del cine, es recordado principalmente por sus interpretaciones de personajes torturados, a menudo grotescos y afligidos, y por su habilidad para el maquillaje.
Sus padres, sordomudos, precisaban de los cuidados del futuro actor, sobre todo la madre, que padecía un reumatismo degenerativo. Como la economía familiar era muy precaria, Chaney se vio obligado a trabajar desde joven, si bien su vocación por la escena acabó llevándolo al mundo del teatro. Se unió a una compañía de cómicos ambulantes, en la que desempeñaba los más diversos cometidos, desde bailarín hasta tramoyista.
Su determinación a seguir en esa profesión le llevó más adelante a trabajar en otra compañía, la Columbia Musical Repertory Company, donde conoció a quien sería su primera esposa, Cleve Creighton, una cantante de escasas facultades, que mitigó sus depresiones y sus deseos de suicidarse con el alcohol. Este matrimonio fue un auténtico melodrama que acabó desembocando en el divorcio. Durante el juicio, Chaney logró conservar la custodia de su hijo, el futuro actor Lon Chaney Jr.
Más adelante se enamoró de otra mujer, la corista Hazel Hastings, que también arrastraba un pasado tormentoso, pues estaba casada con un hombre violento que sufría una minusvalía en las piernas. Hastings logró la disolución de este matrimonio y, junto a su nuevo esposo, inició una vida menos agitada.
Es evidente que toda esta acumulación de circunstancias, desde el aislamiento de sus padres a las dificultades de sus relaciones sentimentales, influyeron en el carácter de Chaney, que siempre sintió una intensa inclinación por los desfavorecidos de la fortuna, los minusválidos y los que sufren a causa del desprecio ajeno. No es extraño, por tanto, que la mayoría de los personajes que luego lo hicieron famoso en el cine estuvieran marcados por esas situaciones, rechazados por la sociedad y casi al borde de la locura por alguna tragedia amorosa o familiar.
Chaney consiguió trabajos aislados en la productora Universal, pero fue su destreza con el maquillaje, adquirida en el teatro, lo que llamó la atención de los productores, particularmente de Alan Dwan. Inició entonces una frenética actividad, acumulando papeles en los que había maquillarse de muy diversas maneras. En particular, fue ganando prestigio por su habilidad para simular deformidades, unas veces empleando prótesis, otras dislocando sus articulaciones, al modo de un artista circense.
Uno de sus papeles más conocidos le llegó en 1923, con El jorobado de Nuestra Señora de París, película de Wallace Worsley, en el que se aplicó una incómoda joroba, deformó su cuerpo con correajes y caracterizó su cara con apliques de goma. Aún más elaborado fue el maquillaje que usó en El fantasma de la ópera, dos años después. Por esas fechas conoció a Tod Browning, quien lo dirigió en una de sus películas más conocidas, Garras humanas, donde recurrió a un arnés para dar la apariencia de que carecía de ambos brazos. Precisamente fue Browning quien pensó en él para el papel principal de Drácula. Era el año 1930 y Chaney parecía el intérprete ideal para el vampiro que el actor Bela Lugosi ya hizo famoso en los escenarios de Nueva York, protagonizando la adaptación teatral de la conocida novela de Bram Stoker.
El proyecto entusiasmó a Chaney, pero, para su desgracia, nunca llegó a llevarlo a término y fue Lugosi quien lo sustituyó. La causa era un cáncer de laringe que iba minando gravemente su salud. Falleció ese mismo año, rodeado de los suyos. Su hijo, Lon Chaney Jr., trató de suceder a su progenitor en el género de terror, pero apenas consiguió papeles de relevancia. La historia de Lon Chaney fue contada en 1957 en la película El hombre de las mil caras, con James Cagney en el papel de protagonista.
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viernes, 16 de marzo de 2012
Lon Chaney
miércoles, 14 de marzo de 2012
Los cantos de Maldoror
Los cantos de Maldoror ( Les Chants de Maldoror) son un conjunto de seis cantos poéticos publicados en 1869, obra de Isidore Ducasse, más conocido por su pseudónimo de Conde de Lautréamont, considerado el gran renovador de la poesía francesa del siglo XIX.
La publicación de 1868 (sólo el primer canto) presentaba
algunas partes dialogadas con indicaciones escénicas que fueron
suprimidas en los siguientes. Llevan el sello de los textos en los que,
al principio, Lautréamont se inspiró: el Manfred de Lord Byron, el Konrad de Adam Mickiewicz, el Fausto de Goethe.
De estas figuras retendrá, sobre todo, la idea de un héroe negativo,
satánico, en lucha abierta contra Dios, aunque el estilo elegido
finalmente tiene las características de la literatura épica. De hecho,
cada uno de sus cantos está dividido en estrofas, con excepción del
sexto y último, en donde se desarrolla una novela de una veintena de
páginas que cambia el estilo hasta entonces adoptado.
Maldoror, ser sobrehumano, arcángel del mal, lucha bajo diferentes
formas contra el Creador, a menudo ridiculizado como Dios en el burdel.
Comete asesinatos en los que evidencia su sadismo y perversión.
Expresando el mundo épico en el que se desarrollan estos actos extremos, los objetos y animales hablan, las metamorfosis se multiplican, está permitido el énfasis y el gigantismo de los personajes. Pero una ironía constante avisa al lector, le obliga a tomar distancia, en el cara a cara con la narración y a juzgar el fenómeno literario que tiene ante sus ojos.
Todas las faltas humanas asoman en estos cantos, aunque maquilladas con decadente belleza por la prosa sin parangón del autor. No obstante, la maligna hermosura de los cantos no le resta fuerza de seducción al conjunto, que, oscilando entre la perversidad, la compasión y la sátira, da cuenta de las bajezas del hombre con una poesía embriagadora por su crueldad. Aun cuando haya pasajes completos de una oscuridad casi total, la suma de las partes compensa con creces la dificultad de leer un texto surgido de una mente perturbada, sí, pero lúcida en su comprensión de los defectos de la realidad.
El abismo al que nos lanza la lectura de “Los cantos de Maldoror” está siempre ahí, a nuestra vista, aunque para seguir viviendo como si nada ocurriese prefiramos cerrar los ojos o mirar hacia otro lado, aterrados ante la evidente locura de nuestra existencia cotidiana. Lautréamont no sólo observó con detenimiento ese lodazal, sino que inventó al señor que lo rige y que se complace en su malignidad. Sin embargo, Maldoror, por aterrador que pueda parecer, no es tan diferente de nosotros como nos gustaría.
“Divisé un trono formado de excrementos humanos y de oro sobre el que fanfarroneaba, con orgullo idiota, el cuerpo cubierto con un sudario hecho de sábanas sucias de hospital ¡el que se llama a sí mismo el Creador! Sostenía en su mano el tronco podrido de un hombre muerto, llevándolo alternativamente de los ojos a la nariz y de la nariz a la boca; se adivina lo que hacía cuando estaba en la boca. Sumergía sus pies en una gran charca de sangre en ebullición en cuya superficie emergían bruscamente, como tenias a través del contenido de un orinal, dos o tres cabezas prudentes que se bajaban enseguida, con la rapidez de una flecha: una patada bien dirigida al hueso de la nariz, era la recompensa conocida por transgredir el reglamento, trasgresión debida a la necesidad de respirar en otro ambiente, pues, en fin, esos hombres no eran peces”.
Más de un exégeta se ha preguntado por el nombre de «Maldoror». Sólo
sabemos que en la expresión pueden encontrarse las palabras «mal», y
«aurora» u «horror», las dos últimas homófonas en francés (respectivamente aurore y horreur).
En cuanto al pseudónimo elegido por Ducasse, recuerda al Latreaumont (distinta grafía) de Eugène Sue.
Otra teoría sostiene que, siendo una época en la que estaba de moda El conde de Montecristo, eligió hacerse llamar Conde de Lautréamont (l'autre mont, en español 'el otro monte') para mostrar su
oposición a Cristo y por consiguiente a Dios.
Una tercer teoría alude al origen de Ducasse. Isidore era uruguayo, más específicamente, montevideano (es decir «de monte video», según la etimología del nombre), pero también vivió en el barrio Montmartre (en el Mont Martre es decir el 'Monte Martre') de París, que correspondería al «otro monte» de su pseudónimo.
Mi poesía consistirá,
sólo, en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y
al Creador, que no hubiera debido engendrar semejante basura.
Los cantos de Maldoror, obra entre las más atípicas y
sorprendentes de la literatura, fueron escritos entre 1868 y 1869 y
publicados ese mismo año. Los cantos que forman el libro son obra de un
hombre de veintidós años al que la muerte se llevará apenas un año más
tarde. Los ecos de estas páginas irán aumentando a lo largo del siglo
XX, en particular por el impulso de André Breton, que vio en ese libro «la expresión de una revelación total que parece exceder las posibilidades humanas». Así, los surrealistas consideraron al libro como un precursor.
Canto II
Expresando el mundo épico en el que se desarrollan estos actos extremos, los objetos y animales hablan, las metamorfosis se multiplican, está permitido el énfasis y el gigantismo de los personajes. Pero una ironía constante avisa al lector, le obliga a tomar distancia, en el cara a cara con la narración y a juzgar el fenómeno literario que tiene ante sus ojos.
Todas las faltas humanas asoman en estos cantos, aunque maquilladas con decadente belleza por la prosa sin parangón del autor. No obstante, la maligna hermosura de los cantos no le resta fuerza de seducción al conjunto, que, oscilando entre la perversidad, la compasión y la sátira, da cuenta de las bajezas del hombre con una poesía embriagadora por su crueldad. Aun cuando haya pasajes completos de una oscuridad casi total, la suma de las partes compensa con creces la dificultad de leer un texto surgido de una mente perturbada, sí, pero lúcida en su comprensión de los defectos de la realidad.
El abismo al que nos lanza la lectura de “Los cantos de Maldoror” está siempre ahí, a nuestra vista, aunque para seguir viviendo como si nada ocurriese prefiramos cerrar los ojos o mirar hacia otro lado, aterrados ante la evidente locura de nuestra existencia cotidiana. Lautréamont no sólo observó con detenimiento ese lodazal, sino que inventó al señor que lo rige y que se complace en su malignidad. Sin embargo, Maldoror, por aterrador que pueda parecer, no es tan diferente de nosotros como nos gustaría.
“Divisé un trono formado de excrementos humanos y de oro sobre el que fanfarroneaba, con orgullo idiota, el cuerpo cubierto con un sudario hecho de sábanas sucias de hospital ¡el que se llama a sí mismo el Creador! Sostenía en su mano el tronco podrido de un hombre muerto, llevándolo alternativamente de los ojos a la nariz y de la nariz a la boca; se adivina lo que hacía cuando estaba en la boca. Sumergía sus pies en una gran charca de sangre en ebullición en cuya superficie emergían bruscamente, como tenias a través del contenido de un orinal, dos o tres cabezas prudentes que se bajaban enseguida, con la rapidez de una flecha: una patada bien dirigida al hueso de la nariz, era la recompensa conocida por transgredir el reglamento, trasgresión debida a la necesidad de respirar en otro ambiente, pues, en fin, esos hombres no eran peces”.
En cuanto al pseudónimo elegido por Ducasse, recuerda al Latreaumont (distinta grafía) de Eugène Sue.
Otra teoría sostiene que, siendo una época en la que estaba de moda El conde de Montecristo, eligió hacerse llamar Conde de Lautréamont (l'autre mont, en español 'el otro monte') para mostrar su
oposición a Cristo y por consiguiente a Dios.
Una tercer teoría alude al origen de Ducasse. Isidore era uruguayo, más específicamente, montevideano (es decir «de monte video», según la etimología del nombre), pero también vivió en el barrio Montmartre (en el Mont Martre es decir el 'Monte Martre') de París, que correspondería al «otro monte» de su pseudónimo.
lunes, 12 de marzo de 2012
Conde de Lautréamont
Isidore Lucien Ducasse (Montevideo, Uruguay, 4 de abril de 1846 – París, Francia, 24 de noviembre de 1870), conocido como Conde de Lautréamont , fue un poeta de lengua francesa nacido en Uruguay de padres franceses y educado en Francia. Desconocido durante su corta vida, llevó a extremos inéditos el culto romántico al mal y es considerado uno de los precursores del surrealismo.
Hijo del diplomático francés François Ducasse, asignado al consulado general de Francia de Montevideo. Su madre, Celestine Jaquette Davezac, también
francesa, fallece el 10 de diciembre de 1847, cuando Isidore tenía un
año y ocho meses.
A los 13 años Isidore Ducasse fue enviado como interno al Liceo imperial de Tarbes y después a la ciudad de Pau. Se sabe que después de un viaje al Uruguay en 1867, volvió a París y se instaló en la calle de Notre-Dame-des-Victoires. Su padre, que permaneció en Montevideo hasta su muerte en 1889, le enviaba módicas sumas de dinero para su sustento.
Publica los primeros cantos poéticos de su obra Los cantos de Maldoror en 1868 (la obra completa será impresa en Bélgica un año más tarde). Sin embargo, el editor Lacroix se negó a vender el libro porque temía ser acusado de blasfemia u obscenidad.
Isidore-Lucien Ducasse falleció en noviembre de 1870, a los 24 años. Poco antes, había hecho imprimir la edición completa de sus Cantos de Maldoror, una mínima tirada de 10 ejemplares que el editor, Albert Lacroix, de Bruselas, consintió en hacer ante el ruego del autor, temeroso del escándalo que podía producir semejante literatura.
En la casi invisible edición belga aparece el seudónimo de Conde de Lautréamont. La obra, ahora considerada hito fundamental de la historia de la poesía moderna, no alcanza en su momento notoriedad alguna.
El anonimato en la edición parcial y el seudónimo en la edición completa, la escasa tirada de una y la escasísima de la otra, más la falta de datos biográficos y, durante mucho tiempo, hasta de un retrato del autor, hizo de Lautréamont un misterio que, durante décadas, muchos intentaron resolver a través de una imaginación con frecuencia desenfrenada. Así, León Bloy dice que Lautréamont es el autor de un libro monstruoso -en obvia referencia a los Cantos-, lava líquida, algo insensato, negro y devorador; luego agrega que este, deplorable, el más desgarrante de los alienados murió en una celda para locos furiosos... Afirmación nacida sólo de la acalorada mente de Bloy ya que Ducasse-Lautréamont murió en su domicilio del n° 7, rue du Faubourg-Montmartre, en París, y, según uno de sus editores, su locura se limitaba a leer mucho, hacer largas caminatas al borde del Sena, beber mucho café y tocar el piano para enojo de los vecinos.
Publica los primeros cantos poéticos de su obra Los cantos de Maldoror en 1868 (la obra completa será impresa en Bélgica un año más tarde). Sin embargo, el editor Lacroix se negó a vender el libro porque temía ser acusado de blasfemia u obscenidad.
Isidore-Lucien Ducasse falleció en noviembre de 1870, a los 24 años. Poco antes, había hecho imprimir la edición completa de sus Cantos de Maldoror, una mínima tirada de 10 ejemplares que el editor, Albert Lacroix, de Bruselas, consintió en hacer ante el ruego del autor, temeroso del escándalo que podía producir semejante literatura.
En la casi invisible edición belga aparece el seudónimo de Conde de Lautréamont. La obra, ahora considerada hito fundamental de la historia de la poesía moderna, no alcanza en su momento notoriedad alguna.
El anonimato en la edición parcial y el seudónimo en la edición completa, la escasa tirada de una y la escasísima de la otra, más la falta de datos biográficos y, durante mucho tiempo, hasta de un retrato del autor, hizo de Lautréamont un misterio que, durante décadas, muchos intentaron resolver a través de una imaginación con frecuencia desenfrenada. Así, León Bloy dice que Lautréamont es el autor de un libro monstruoso -en obvia referencia a los Cantos-, lava líquida, algo insensato, negro y devorador; luego agrega que este, deplorable, el más desgarrante de los alienados murió en una celda para locos furiosos... Afirmación nacida sólo de la acalorada mente de Bloy ya que Ducasse-Lautréamont murió en su domicilio del n° 7, rue du Faubourg-Montmartre, en París, y, según uno de sus editores, su locura se limitaba a leer mucho, hacer largas caminatas al borde del Sena, beber mucho café y tocar el piano para enojo de los vecinos.
Dalí
En Los cantos de Maldoror ensalza el asesinato, el sadomasoquismo, la violencia, la blasfemia, la obscenidad, la putrefacción y la deshumanización. Los surrealistas lo rescataron del olvido e hicieron de él uno de los precursores de su movimiento.
Maldoror es una figura demoníaca suprema que aborrece a Dios y a la humanidad.
Dalí
El personaje central de Los cantos de Maldoror (en francés «Mal d'Aurore», «Mal de la aurora») es una figura que reniega ferozmente de Dios y del género humano. En un libro en el que resuenan «los cascabeles de la locura», la crueldad y la violencia, Maldoror encarna la rebelión adolescente y la victoria de lo imaginario sobre lo real: su odio hacia la realidad (eso que llama «El Gran Objeto Exterior») lo separa de sus congéneres, y por este motivo sufre.
Corominas
Lo grotesco, el espanto y lo ridículo en Los cantos recuerdan a la obra de otro gran antecedente del surrealismo, El Bosco. No por casualidad fue Lautréamont motivo de inspiración para escritores como, Louis Aragon, André Breton o Benjamin Péret, y artistas plásticos como René Magritte, Salvador Dalí, Amedeo Modigliani, y Man Ray.
Considerada por muchos una obra “maldita” se convirtió en una obra de culto y en un arcano cuyo secreto debía alejarse de ojos profanos. El Canto I fue publicado en agosto de 1868, en Bruselas con dinero de su padre; firmó la obra con tres asteriscos, lo mismo que la segunda edición, la cual apareció en una publicación colectiva titulada "Parfums de l´âme" ("Perfumes del alma") en 1869. En la primavera del 1869, Ducasse entrega al editor Lacroix el manuscrito completo de la obra, que nunca llegará a las librerías y de la cual sólo unos pocos ejemplares son encuadernados y entregados al autor.
Entre sus obras también figuran unos poemas publicados poco antes de su muerte.
Su famosa comparación «bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas» configura uno de los rasgos más distintivos del irracionalismo surrealista: la conjunción de realidades inconexas, dislocadas o incluso contradictorias.
Maldoror es una figura demoníaca suprema que aborrece a Dios y a la humanidad.
Dalí
El personaje central de Los cantos de Maldoror (en francés «Mal d'Aurore», «Mal de la aurora») es una figura que reniega ferozmente de Dios y del género humano. En un libro en el que resuenan «los cascabeles de la locura», la crueldad y la violencia, Maldoror encarna la rebelión adolescente y la victoria de lo imaginario sobre lo real: su odio hacia la realidad (eso que llama «El Gran Objeto Exterior») lo separa de sus congéneres, y por este motivo sufre.
Lo grotesco, el espanto y lo ridículo en Los cantos recuerdan a la obra de otro gran antecedente del surrealismo, El Bosco. No por casualidad fue Lautréamont motivo de inspiración para escritores como, Louis Aragon, André Breton o Benjamin Péret, y artistas plásticos como René Magritte, Salvador Dalí, Amedeo Modigliani, y Man Ray.
Considerada por muchos una obra “maldita” se convirtió en una obra de culto y en un arcano cuyo secreto debía alejarse de ojos profanos. El Canto I fue publicado en agosto de 1868, en Bruselas con dinero de su padre; firmó la obra con tres asteriscos, lo mismo que la segunda edición, la cual apareció en una publicación colectiva titulada "Parfums de l´âme" ("Perfumes del alma") en 1869. En la primavera del 1869, Ducasse entrega al editor Lacroix el manuscrito completo de la obra, que nunca llegará a las librerías y de la cual sólo unos pocos ejemplares son encuadernados y entregados al autor.
Entre sus obras también figuran unos poemas publicados poco antes de su muerte.
Su famosa comparación «bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas» configura uno de los rasgos más distintivos del irracionalismo surrealista: la conjunción de realidades inconexas, dislocadas o incluso contradictorias.
viernes, 9 de marzo de 2012
Max Schreck
Max Schreck interpretó al terrorífico conde vampiro Orlok, en el clásico del cine mudo del director F.W. Murnau “Nosferatu: A Symphony of Horror,” estrenado en 1922, la primera versión para la pantalla grande de la novela de Bram Stoker “Dracula”, el vampiro más famoso de todos los tiempos, pero su papel fue tan extraño que varios críticos se preguntaron si realmente lo era, quedando todo en especulaciones y leyendas urbanas.
A diferencia de nombres como los de Bela Lugosi y Christopher Lee, estrellas en otras interpretaciones clásicas de Drácula, Schreck nunca retomó el rol y pasó la mayor parte del resto de su carrera interpretativa en pequeños roles, pero ninguno de terror.
Friedrich Gustav Max Schreck (Berlín, 1879 - Múnich, 20 de febrero de 1936)
Actor de teatro, trabajó en la compañía de Max Reinhardt, muchos de cuyos actores acabarían actuando en el cine. Debutó en la pantalla grande en 1920 con la película muda Der Richter von Zalamea, de Ludwig Berger, basada en la obra de teatro de Calderón de la Barca, El alcalde de Zalamea. En 1922 rodará Nosferatu y en 1923, Die Strasse de Karl Grune. Se sabe que su filmografía es más extensa, pero muchas de las películas en que participó se han perdido.
Estuvo casado con la actriz Fanny Normann. Schreck murió el 20 de febrero de 1936 después de un ataque al corazón.
La supuesta falta de información sobre su vida se une a la leyenda negra surgida alrededor del inquietante personaje que representa en la película, el Conde Orlok, un álter ego del Conde Drácula. El mito dice que el actor realmente era un vampiro, y que el director F.W. Murnau le pagó para que en la escena final de la película mordiera el cuello de la protagonista.
Esta leyenda sirvió de base a la película La sombra del vampiro de E. Elias Merhige (2000), que narra el rodaje de Nosferatu, interpretada por John Malkovich y Willem Dafoe. Dafoe fue nominado al Oscar por Mejor Actor de Reparto por encarnar a Schreck.
Otro rumor sugiere que Schreck (que significa «miedo» en alemán) es en realidad un seudónimo de Alfred Abel, actor de cierto prestigio que actuó, entre otras, en las obras maestras de Fritz Lang El doctor Mabuse, de 1922 y Metropolis, de 1927.
Tales leyendas son, por supuesto, inverosímiles. No es cierto en absoluto que no se disponga de información suficiente sobre la vida de Max Schreck. La monumental biografía de Stefan Eickhoff (Max Schreck. Gespenstertheater, Belleville, 2009) aporta una cantidad ingente de datos sobre la dilatadísima carrera teatral y cinematográfica del actor berlinés.
Friedrich Gustav Max Schreck (Berlín, 1879 - Múnich, 20 de febrero de 1936)
Actor de teatro, trabajó en la compañía de Max Reinhardt, muchos de cuyos actores acabarían actuando en el cine. Debutó en la pantalla grande en 1920 con la película muda Der Richter von Zalamea, de Ludwig Berger, basada en la obra de teatro de Calderón de la Barca, El alcalde de Zalamea. En 1922 rodará Nosferatu y en 1923, Die Strasse de Karl Grune. Se sabe que su filmografía es más extensa, pero muchas de las películas en que participó se han perdido.
Estuvo casado con la actriz Fanny Normann. Schreck murió el 20 de febrero de 1936 después de un ataque al corazón.
La supuesta falta de información sobre su vida se une a la leyenda negra surgida alrededor del inquietante personaje que representa en la película, el Conde Orlok, un álter ego del Conde Drácula. El mito dice que el actor realmente era un vampiro, y que el director F.W. Murnau le pagó para que en la escena final de la película mordiera el cuello de la protagonista.
Esta leyenda sirvió de base a la película La sombra del vampiro de E. Elias Merhige (2000), que narra el rodaje de Nosferatu, interpretada por John Malkovich y Willem Dafoe. Dafoe fue nominado al Oscar por Mejor Actor de Reparto por encarnar a Schreck.
Otro rumor sugiere que Schreck (que significa «miedo» en alemán) es en realidad un seudónimo de Alfred Abel, actor de cierto prestigio que actuó, entre otras, en las obras maestras de Fritz Lang El doctor Mabuse, de 1922 y Metropolis, de 1927.
Este obra está bajo una licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported.
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jueves, 8 de marzo de 2012
Tina Modotti
Assunta Adelaide Luigia Modotti, nació el 17 de agosto de 1896 en Udine, una pequeña ciudad de fábricas textiles en el norte de Italia. Su padre, Giuseppe Modotti, era mecánico y su madre, Assunta Mondini, ama de casa. Tina se educó en escuelas italianas y austriacas, pero debido a los bajos recursos económicos con los que contaba su familia, a los 12 años se vio obligada a trabajar en una de las fábricas textiles de su ciudad natal, aunque este hecho no mejoró la situación económica familiar.
Cuando tenía diecisiete años, emigró a Estados Unidos con su familia, donde comienza a trabajar en una fábrica de seda (de 1913 a 1914) y después como modista hasta 1917. Tenía 21 años cuando se casa con el poeta y pintor Roubaix de l’Abrie Richey quien la introdujo en el mundo cultural de los Ángeles y durante los años veinte fue protagonista de cuatro películas en el Hollywood del cine mudo.
Su relación se rompe cuando conoce al excelente fotógrafo americano Edward Weston, con quien empieza a colaborar como modelo, de quien aprendió fotografía y con el que se marchó a México en 1922. Allí trabajó como fotógrafa profesional y modelo. Conmovida por la explotación en la que vivía la clase trabajadora de la posrevolución mexicana, Tina se convierte en activista revolucionaria desde principios de los años veinte, desarrollando fuertes lazos con miembros
del grupo de la Unión Mexicana de Artistas como Diego Rivera, Frida Khalo, David Alfaro Siqueiros, José Clemente de Orozco, y con del general de la Revolución Manuel Galván.
del grupo de la Unión Mexicana de Artistas como Diego Rivera, Frida Khalo, David Alfaro Siqueiros, José Clemente de Orozco, y con del general de la Revolución Manuel Galván.
Por su casa pasaban John dos Passos, Alexandra Kollontai, Cesar Augusto Sandino, Rene de H’arnoncourt y Katherin Anne Porter. Era la fotógrafa de Dolores del Río, Antonieta Rivas Mercado y de mujeres y niños anónimos, flores, plantas y campesinos. Tina llegó a identificarse totalmente con el país, sin embargo, su actitud y costumbres chocaron con la moral provinciana del México de la época.
Mantuvo una relación con el muralista Xavier Guerrero, quien la introdujo en el Partido Comunista en 1927. Participó activamente en la campaña “Manos fuera de Nicaragua” en apoyo a la lucha de Augusto César Sandino y ayudó a fundar el primer comité antifascista italiano. En 1928 conoció a Julio Antonio Mella, en una manifestación en protesta por la ejecución de Sacco y Vanzatti. Julio Antonio era un dirigente estudiantil cubano que más tarde fundaría el Partido Comunista Cubano. Vivieron tres meses juntos. El 10 de enero de 1929, una fría noche de invierno, murió tiroteado en sus brazos.
En 1930 es acusada falsamente de conspirar para asesinar al presidente de México Pascual Ortiz Rubio. Fue sometida a juicio y expulsada del país. En su marcha se detuvo en Berlín, allí tomó sus últimas fotografías, mientras los camisas pardas se iban haciendo, legalmente y a puñetazos, con el poder. Desolada, se fue a Moscú. Ya convertida en activista de Socorro Rojo Internacional, vivió en pareja con Enea Sormenti, alias Vittorio Vidali, a quien había conocido en México y que más tarde se convirtió en el Comandante Carlos del Quinto Regimiento en la España de la guerra civil, del que decían que tuvo algo que ver con el asesinato del cubano Mella. En Alemania fue agente del Comintem. Colaboró llevando dinero para sacar presos de las cárceles nazis, ayudando a los trabajadores en huelga, atendiendo a los huérfanos que el capitalismo salvaje iba dejando a su sombra.
Cuando estalló la revolución asturiana de 1934, intentó entrar en España para ofrecer su ayuda, pero no lo logró hasta 1935. Desde Madrid se trasladó a una Asturias derrotada, repleta de muertos, presos y hombres exilados y ella, la antigua modelo y actriz de Hollywood, se mimetizó con las mujeres y los hombres que mantenían las organizaciones de clase declaradas fuera de la ley por el gobierno.
Después de la rebelión militar, en 1936, se alistó al Quinto Regimiento y trabajó con las Brigadas Internacionales, con el nombre de María. Combatió en la Guerra Civil, desde un hospital, encargándose de los heridos y los niños que llegaban destrozados por las bombas. Trabajó con Alberti, Machado, María Teresa León, Neruda, Hernández, Connie de la Mora y tantos otros. Y escribió en la revista de Socorro Rojo, para más tarde, en 1939, exiliarse en México.
Continuó con su actividad política a través de la Alianza Antifascista Giuseppe Garibaldi y en 1940 el gobierno de Lázaro Cárdenas anuló la expulsión que se había decretado contra ella en 1930, el mismo año que dejó de hacer fotografías. Nunca más quiso tomar una cámara en sus manos.
Rodeada de unos pocos amigos sobrevivió sus últimos tres años, hasta que en la noche del 5 de enero de 1942, al salir de la casa de su amigo Hannes Meyer, para dirigirse a la suya, la sorprendió la muerte. Tenía 46 años.
Tina fue un ejemplo de compromiso, un ejemplo con el género humano que la llevó a luchar en el Estado Español contra la rebelión fascista. Un ejemplo que en pleno siglo XXI sigue de vigente actualidad, pues siguen siendo necesarias personas como ella, de ideas claras, compromiso decidido y corazón sencillo.
Vivió una vida intensa, profunda y comprometida. Revolucionaria, de las que creía que otro mundo era posible. Se preocupó de los desfavorecidos, los refugiados, los olvidados de cualquier país. Su sensibilidad le permitió retratar por primera vez, desde la visión de una “extranjera”, la realidad de México, descubriéndolo y descubriéndose al mismo tiempo.
Su vida privada fue escudriñada por el poder que la utilizó como atracción pública en un juicio en el que se demostró que la situación de las mujeres mexicanas era de plena sumisión, y que a la vista de los hombres no tenían valor alguno o si acaso un valor secundario.
Siempre fumando, siempre con su chaqueta negra, su falda negra, unos zapatos de tacón bajo, una blusa blanca y el pelo recogido en un moño. Esta era la indumentaria que Tina llevó casi toda su vida. No podía pasar por su cabeza tener o ser más que nadie.
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