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lunes, 27 de enero de 2014

Francesca Woodman, juego de espejos

Francesca Woodman nació en Denver, Colorado un 3 de Abril de 1958.
La infancia de Francesca transcurrió entre Boulder, un pueblo de Colorado, y Antella, una aldea de la campiña toscana frecuentada por artistas y exponentes de la alta sociedad de Florencia. Su interés por la fotografía surgió a una edad muy temprana, con solo 13 años empezó con sus primeros trabajos, ya adoptando un estilo característico, casi siempre fotografiando en blanco y negro, con formato cuadrado, y dando prioridad a la iluminación para, a través de ella, conseguir centrar la atención sobre un sujeto principal  en la escena.



Entre los años 1975 y 1979 fue estudiante de la Rhode Island School of Design en Providence, y fue aceptada en el Programa de Honores que le permitía vivir durante un año en las instalaciones de la escuela en Palazzo Cenci en Roma. Allí se identificó con el surrealismo y el futurismo, que desde entonces ganaron presencia en sus fotografías, así como la decadencia, representada en las paredes desnudas y los objetos antiguos que también comenzaron a poblar sus trabajos.


 Se trasladó a Nueva York en 1979, donde quiso hacer carrera fotográfica. Envió portafolios a algunos fotógrafos de moda, pero sus esfuerzos no se vieron recompensados. Debido a su fracaso y a una ruptura sentimental, Woodman entró en una depresión. El 19 de enero de 1981 Francesca Woodman se suicidó saltando por una ventana de Manhattan el 19 de Enero de 1981 con apenas 23 años de edad.


Su obra consiste en retratos de mujeres en blanco y negro, siendo ella misma la modelo en muchas ocasiones. El cuerpo es uno de los temas centrales de su fotografía; las figuras humanas aparecen borrosas, perdidas en la sombra, parecen formar parte de las salas invadidas por el deterioro.


Para Francesca Woodman el medio preferido para sus imágenes era el libro: sus fotos pasaban desapercibidas en galerías, sobre todo si tenían que competir con las imágenes de moda, aumentadas a tamaños descomunales. Diseñó libros para recoger sus fotografías, pero sólo se publicó uno de ellos: Algunas geometrías interiores desordenadas, en 1981.



Si bien sus imágenes revelan una fascinación estética por la muerte y la decadencia, materializada en casas decrépitas, flores secas y paredes desconchadas, sus imágenes no sólo se mantienen ajenas a la desesperación que precede un suicidio, sino que rezuman vitalidad, energía, poder y ansia de experimentación. Casi nunca enseña el rostro y experimenta con su cuerpo desnudo. A veces se mira con los ojos de una mujer y otras con el deseo de un hombre, pero nunca soporta estar fuera del encuadre.



Su obra consiste, mayoritariamente, en retratos de mujeres en blanco y negro, siendo ella misma la modelo en muchas ocasiones. El cuerpo es uno de los temas centrales de su fotografía; las figuras humanas aparecen borrosas, perdidas en la sombra, parecen formar parte de las salas invadidas por el deterioro. Femeninas, sensuales, intensas, a veces dramáticas, pero nunca desesperadas. Así, la mayoría de las imágenes de Francesca parecen tejer un mundo deliberadamente enigmático que le ha valido, junto con una turbulenta estancia en Roma y el epílogo del suicidio, también una fama de fotógrafa con aura maldita.












http://www.enkil.org/2010/10/11/francesca-woodman-un-instante-entre-muchos/

http://es.wikipedia.org/wiki/Francesca_Woodman

viernes, 20 de septiembre de 2013

Horacio Quiroga

Horacio Silvestre Quiroga Forteza (Salto, 31 de diciembre de 1878 – Buenos Aires, 19 de febrero de 1937)  cuentista, dramaturgo y poeta uruguayo. Fue el maestro del cuento latinoamericano, de prosa vívida, naturalista y modernista. Sus relatos breves, que a menudo retratan a la naturaleza bajo rasgos temibles y horrorosos y como enemiga del ser humano, le valieron ser comparado con el estadounidense Edgar Allan Poe.

Vivió en su país natal hasta la de edad de 23 años, momento en el cual, luego de matar accidentalmente a su mejor amigo, decidió emigrar a Argentina, país donde vivió 35 años —hasta su muerte—, donde se casó dos veces, tuvo sus tres hijos, y en donde además desarrolló la mayor parte de su obra. Mostró una eterna pasión por el territorio de Misiones y su selva, empleando a esta y sus habitantes en la trama de muchos de sus cuentos más reconocidos. La vida de Quiroga, marcada por la tragedia, los accidentes y los suicidios, culminó por decisión propia, cuando bebió un vaso de cianuro en el Hospital de Clínicas de la ciudad de Buenos Aires a los 58 años de edad, tras enterarse de que padecía cáncer de próstata.


Hizo sus estudios en Montevideo, capital de Uruguay hasta terminar el colegio secundario. Estos estudios incluyeron formación técnica (Instituto Politécnico de Montevideo) y general (Colegio Nacional), y ya desde muy joven demostró un enorme interés por la literatura, la química, la fotografía, la mecánica, el ciclismo y la vida de campo.
En esta época pasaba larguísimas horas en un taller de reparación de maquinarias y herramientas.
Simultáneamente también trabajaba, estudiaba y colaboraba con las publicaciones La Revista y La Reforma. Poco a poco, fue puliendo su estilo y haciéndose conocido.
Durante el carnaval de 1898, el joven poeta conoció a su primer amor, una niña llamada María Esther Jurkovski, que inspiraría dos de sus obras más importantes: Las sacrificadas (1920) y Una estación de amor. Pero los desencuentros provocados por los padres de la joven —que reprobaban la relación, debido al origen no judío de Quiroga— precipitaron la separación definitiva.

En 1897 fundó la Revista de Salto. Después del suicidio de su padrastro, que presenció, Horacio decidió invertir la herencia recibida en un viaje a París. Estuvo —contando el tiempo de viaje— cuatro meses ausente. Sin embargo, las cosas no salieron como había planeado: el mismo joven orgulloso que había partido de Montevideo en primera clase, regresó en tercera, andrajoso, hambriento y con una larga barba negra que ya no se quitaría nunca más. Resumió sus recuerdos de esta experiencia en Diario de viaje a París (1900).

La alegría que le provocó la aparición de su primer libro (Los arrecifes de coral, poemas, cuentos y prosa lírica, publicado en Buenos Aires en 1901, dedicado a Lugones) se vio trágicamente opacada —una vez más— por las muertes de dos de sus hermanos, Prudencio y Pastora, víctimas de la fiebre tifoidea en el Chaco.
El funesto año de 1901 guardaba aún otra espantosa sorpresa para el escritor: su amigo Federico Ferrando, que había recibido malas críticas del periodista montevideano Germán Papini Zas, comunicó a Quiroga que deseaba batirse a duelo con aquél. Horacio, preocupado por la seguridad de Ferrando, se ofreció a revisar y limpiar el revólver que iba a ser utilizado en la disputa. Inesperadamente, mientras inspeccionaba el arma, se le escapó un tiro que impactó en la boca de Federico, matándolo instantáneamente. Llegada al lugar la policía, Quiroga fue detenido, sometido a interrogatorio y posteriormente trasladado a una cárcel correccional. Al comprobarse la naturaleza accidental y desafortunada del homicidio, el escritor fue liberado tras cuatro días de reclusión.
La pena y la culpa por la muerte de su querido compañero llevaron a Quiroga a abandonar el Uruguay para pasar a la Argentina. Cruzó el Río de la Plata en 1902 y fue a vivir con María, otra de sus hermanas. En Buenos Aires el artista alcanzaría la madurez profesional, que llegaría a su punto culmen durante sus estancias en la selva.

Al regresar a Buenos Aires luego de su fallida experiencia en el Chaco, Quiroga abrazó la narración breve con pasión y energía. Fue así que en 1904 publicó el notable libro de relatos El crimen de otro, fuertemente influido por el estilo de Edgar Allan Poe, que fue reconocido y elogiado.
 Estas primeras comparaciones con el «Maestro de Boston» no molestaban a Quiroga, que las escucharía con complacencia hasta el fin de su vida, respondiendo a menudo que Poe era su primer y principal maestro.
Durante dos años Quiroga trabajó en multitud de cuentos, muchos de ellos de terror rural, pero otros en forma de deliciosas historias para niños pobladas de animales que hablan y piensan sin perder las características naturales de su especie. A esta época pertenecen la novela breve Los perseguidos (1905), producto de un viaje con Leopoldo Lugones por la selva, hasta la frontera con Brasil, y su soberbio y horroroso El almohadón de pluma, publicado en la revista argentina Caras y Caretas en 1905, que llegó a publicar ocho cuentos de Quiroga al año. A poco de comenzar a publicar en ella, Quiroga se convirtió en un colaborador famoso y prestigioso, cuyos escritos eran buscados ávidamente por miles de lectores.


En 1906 Quiroga decidió volver a su amada selva. Aprovechando las facilidades que el gobierno ofrecía para la explotación de las tierras, compró una chacra  de 185 hectáreas en la provincia de Misiones, sobre la orilla del Alto Paraná, y comenzó a hacer los preparativos destinados a vivir allí, mientras enseñaba Castellano y Literatura.
Durante las vacaciones de 1908, el literato se trasladó a su nueva propiedad, construyó las primeras instalaciones y comenzó a edificar el bungalow donde se establecería. Enamorado de una de sus alumnas —la adolescente Ana María Cires—, le dedicó su primera novela, titulada Historia de un amor turbio. Quiroga insistió en la relación frente a la oposición de los padres de la alumna obteniendo por fin el permiso para casarse y llevarla a vivir a la selva con él. Los suegros de Quiroga, preocupados por los riesgos de la vida salvaje, siguieron al matrimonio y se trasladaron a Misiones con su hija y yerno. Así, pues, el padre de Ana María, su madre y una amiga de esta, se instalaron en una casa cercana a la vivienda del matrimonio Quiroga.

En 1911 Ana María dio a luz a su primera hija, Eglé Quiroga, en su casa de la selva. Durante ese mismo año, el escritor comenzó la explotación de sus yerbatales en sociedad con su amigo uruguayo Vicente Gozalbo y, al mismo tiempo, fue nombrado Juez de Paz (funcionario encargado de mediar en disputas menores entre ciudadanos privados y celebrar matrimonios, emitir certificados de defunción, etc.) en el Registro Civil de San Ignacio. Las tareas de Quiroga como funcionario merecen mención aparte: olvidadizo, desorganizado y descuidado, tomó la costumbre de anotar las muertes, casamientos y nacimientos en pequeños trozos de papel a los que «archivaba» en una lata de galletas. Más tarde adjudicaría conductas similares al personaje de uno de sus cuentos.
Al año siguiente nació su hijo menor, Darío. En cuanto los niños aprendieron a caminar, Quiroga decidió ocuparse personalmente de su educación. Severo y dictatorial, exigía que cada pequeño detalle estuviese hecho según sus exigencias. Desde muy pequeños, los acostumbró al monte y a la selva, exponiéndolos a menudo —midiendo siempre los riesgos— al peligro, para que fueran capaces de desenvolverse solos y de salir de cualquier situación. Fue capaz de dejarlos solos en la jungla por la noche o de obligarlos a sentarse al borde de un alto acantilado con las piernas colgando en el vacío.
El varón y la niña, sin embargo, no se negaban a estas experiencias —que aterrorizaban y exasperaban a su madre— y las disfrutaban. La hija aprendió a criar animales silvestres y el niño a usar la escopeta, manejar una moto y navegar, solo, en una canoa.

Tras el suicidio de su esposa, Quiroga se trasladó con sus hijos a Buenos Aires, donde recibió un cargo de Secretario Contador en el Consulado General uruguayo en esa ciudad, tras arduas gestiones de unos amigos  que deseaban ayudarlo.
A lo largo del año 1917  trabajó en muchos relatos que iban siendo publicados en prestigiosas revistas . La mayoría de ellos fueron recopilados por Quiroga en varios libros, el primero de los cuales fue Cuentos de amor de locura y de muerte (1917) (por decisión expresa del autor, el título no lleva coma),  el volumen se convirtió de inmediato en un enorme éxito de público y de crítica, consolidando a Quiroga como el verdadero maestro latinoamericano del relato breve.
Al año siguiente se estableció en un pequeño departamento de la calle Agüero, al tiempo que apareció su celebrado Cuentos de la selva, colección de relatos infantiles protagonizados por animales y ambientados en la selva misionera. Quiroga dedicó este libro a sus hijos, que lo acompañaron durante ese período de pobreza en el húmedo sótano de dos pequeñas habitaciones y cocina-comedor.
 Su única obra teatral (Las Sacrificadas) se publicó en 1920 y se estrenó en 1921, año en que salía a la venta Anaconda y otros cuentos. El importantísimo diario argentino La Nación comenzó también a publicar sus relatos, que a estas alturas gozaban ya de una impresionante popularidad.
Por mucho tiempo el escritor se dedicó a la crítica cinematográfica, teniendo a su cargo la sección correspondiente de la revista Atlántida, El Hogar y La Nación. También escribió el guion para un largometraje («La jangada florida») que jamás llegó a filmarse. Poco tiempo después, fue invitado a formar una Escuela de Cinematografía. El proyecto, financiado por inversionistas rusos , no prosperó.



Poco después, Horacio regresó a Misiones. Nuevamente enamorado, esta vez era de una joven de 17 años, Ana María Palacio, intentó convencer a los padres de que la dejasen ir a vivir con él a la selva. La negativa de éstos y el consiguiente fracaso amoroso inspiró el tema de su segunda novela, Pasado amor, publicada en 1929. En ella narra, como componentes autobiográficos de la trama, las mil estratagemas que debió practicar para conseguir acceso a la muchacha: arrojando mensajes por la ventana dentro de una rama ahuecada, enviándole cartas escritas en clave e intentando cavar un largo túnel hasta su habitación para secuestrarla. Finalmente, cansados ya del pretendiente, los padres de la joven la llevaron lejos y Quiroga se vio obligado a renunciar a su amor.


Para 1927, Horacio había decidido criar y domesticar animales salvajes, mientras publicaba su nuevo libro de cuentos, quizá el mejor, Los desterrados. Pero el enamoradizo artista había fijado ya los ojos en la que sería su último y definitivo amor: María Elena Bravo, compañera de escuela de su hija Eglé, que sucumbió a sus reclamos y se casó con él en el curso de ese mismo año sin haber cumplido 20 años.

Caras y Caretas, mientras tanto, publicó diecisiete artículos biográficos escritos por Quiroga, dedicados a personajes como Robert Scott, Luis Pasteur, Robert Fulton, H.G. Wells, Thomas de Quincey y otros. En 1929 Quiroga experimentó su único fracaso de ventas: la ya citada novela Pasado amor, que solo vendió en las librerías la exigua cantidad de cuarenta ejemplares. A la vez comenzó a tener graves problemas de pareja.

A partir de 1932 Quiroga se radicó por última vez en Misiones, en lo que sería su retiro definitivo, con su esposa y su tercera hija (María Elena, llamada «Pitoca», que había nacido en 1928). Para ello, y no teniendo otros medios de vida, consiguió que se promulgase un decreto trasladando su cargo consular a una ciudad cercana. Los celos dominaban a Quiroga, quien pensó que en medio de la selva podría vivir tranquilo con su mujer y la hija de su segundo matrimonio.
Pero  a la mujer de Quiroga —al igual que su infortunada antecesora— no le gustaba la vida en el monte y las peleas y violentas discusiones se volvieron diarias y permanentes.


En 1935 Quiroga comenzó a experimentar molestos síntomas, aparentemente vinculados con una prostatitis . Las gestiones de sus amigos dieron frutos al año siguiente, concediéndosele una jubilación. Al intensificarse los dolores y dificultades para orinar, su esposa logró convencerlo de trasladarse a Posadas, ciudad en la cual los médicos le diagnosticaron hipertrofia de próstata. Pero los problemas familiares de Quiroga continuarían: su esposa e hija lo abandonaron definitivamente, dejándolo —solo y enfermo— en la selva. Ellas volvieron a Buenos Aires, y el ánimo del escritor decayó completamente ante esta grave pérdida.
Cuando el estado de la enfermedad hizo que no pudiese aguantar más, Horacio viajó a Buenos Aires para que los médicos tratasen sus padecimientos. Internado en el prestigioso Hospital de Clínicas de Buenos Aires a principios de 1937, una cirugía exploratoria reveló que sufría de un caso avanzado de cáncer de próstata, intratable e inoperable. María Elena, entristecida, estuvo a su lado en los últimos momentos, así como gran parte de su numeroso grupo de amigos.
Por la tarde del 18 de febrero, una junta de médicos explicó al literato la gravedad de su estado. Algo más tarde, Quiroga pidió permiso para salir del hospital, lo que le fue concedido, y pudo así dar un largo paseo por la ciudad.
 Al ser internado Quiroga en el Clínicas, se había enterado de que en los sótanos se encontraba encerrado un monstruo: un desventurado paciente con espantosas deformidades similares a las del tristemente célebre inglés Joseph Merrick (el «Hombre Elefante»). Compadecido, Quiroga exigió y logró que el paciente —llamado Vicente Batistessa— fuera liberado de su encierro y se lo alojara en la misma habitación donde estaba internado el escritor. Como era de esperar, Batistessa se hizo amigo y rindió adoración eterna y un gran agradecimiento al gran cuentista.
Desesperado por los sufrimientos presentes y por venir, y comprendiendo que su vida había acabado, el soberbio Horacio Quiroga confió a Batistessa su decisión: se anticiparía al cáncer y abreviaría su dolor, a lo que el otro se comprometió a ayudarlo. Esa misma madrugada (19 de febrero de 1937) y en presencia de su amigo, Horacio Quiroga bebió un vaso de cianuro que lo mató pocos minutos después entre espantosos dolores. Tiempo después, sus restos fueron repatriados a su país natal. Uno de los deseos de Quiroga era que cuando muriera su cuerpo fuera incinerado  y sus cenizas esparcidas en la selva misionera.

Seguidor de la escuela modernista fundada por Rubén Darío y obsesivo lector de Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant, Quiroga se sintió atraído por temas que abarcaban los aspectos más extraños de la Naturaleza, a menudo teñidos de horror, enfermedad y sufrimiento para los seres humanos. Muchos de sus relatos pertenecen a esta corriente, cuya obra más emblemática es la colección Cuentos de amor de locura y de muerte.
Por otra parte se percibe en Quiroga la influencia del británico Rudyard Kipling (Libro de las tierras vírgenes), que cristalizaría en su propio Cuentos de la selva, delicioso ejercicio de fantasía dividido en varios relatos protagonizados por animales. Su Decálogo del perfecto cuentista, dedicado a los escritores noveles, establece ciertas contradicciones con su propia obra. Mientras que el decálogo pregona un estilo económico y preciso, empleando pocos adjetivos, redacción natural  y claridad en la expresión, en muchas de sus relatos Quiroga no sigue sus propios preceptos, utilizando un lenguaje recargado, con abundantes adjetivos y un vocabulario por momentos ostentoso.

Al desarrollarse aún más su particular estilo, Quiroga evolucionó hacia el retrato realista (casi siempre angustioso y desesperado) de la salvaje Naturaleza que lo rodeaba en Misiones: la jungla, el río, la fauna, el clima y el terreno forman el andamiaje y el decorado en que sus personajes se mueven, padecen y a menudo mueren. Especialmente en sus relatos, Quiroga describe con arte y humanismo la tragedia que persigue a los miserables obreros rurales de la región, los peligros y padecimientos a que se ven expuestos y el modo en que se perpetúa este dolor existencial a las generaciones siguientes. Trató, además, muchos temas considerados tabú en la sociedad de principios del siglo XX, revelándose como un escritor arriesgado, desconocedor del miedo y avanzado en sus ideas y tratamientos. Estas particularidades siguen siendo evidentes al leer sus textos hoy en día.
Algunos estudiosos de la obra de Quiroga opinan que la fascinación con la muerte, los accidentes y la enfermedad (que lo relaciona con Edgar Allan Poe y Baudelaire) se debe a la vida increíblemente trágica que le tocó en suerte. Sea esto cierto o no, en verdad Horacio Quiroga ha dejado para la posteridad algunas de las piezas más terribles, brillantes y trascendentales de la literatura hispanoamericana del siglo XX.


En su primer libro, Los arrecifes de coral, compuesto por 18 poemas, 30 páginas de prosa poética y 4 relatos, Quiroga pone en evidencia su inmadurez y confusión adolescente. Punto aparte para los relatos, en los cuales está ya en germen el estilo modernista y naturalista que identificaría al resto de su obra. Sus dos novelas Historia de un amor turbio y Pasado amor tratan sobre el mismo tema —que obsesionaba al autor en su vida personal—: los amores entre hombres maduros y jovencitas adolescentes.
En la primera de ellas Quiroga divide la acción en tres etapas. En la primera, una niña de 9 años se enamora de un hombre adulto. En la segunda parte, el hombre, que no se había percatado del amor de la niña, pasados ocho años (ella tiene ahora 17) comienza a cortejarla. En la tercera parte el hombre narra la última etapa de su amor: han pasado diez años desde que la joven lo ha abandonado. La acción se inicia aquí: es el tiempo presente de la novela.
En Pasado amor la historia se repite: un hombre maduro regresa a un lugar luego de años de ausencia y se enamora de una jovencita a la que había amado siendo niña.
Conociendo la historia personal de Quiroga, se evidencian las características autobiográficas de ambas novelas.
 Los avatares eróticos de Quiroga con muchachas muy jóvenes pueblan el drama de estas dos novelas, con especial hincapié en la oposición de sus padres, rechazo que Quiroga había aceptado como parte integrante de su vida y con el que debió lidiar siempre.
Dejando a un lado el teatro de Quiroga, poco difundido y al que los críticos siempre han llamado «un error», lo más trascendente de su obra son los cuentos cortos, género en que el autor alcanza la madurez, impulsando en el mismo sentido a toda la narrativa latinoamericana. Es Horacio Quiroga el primero que se preocupa por los aspectos técnicos de la narrativa breve, puliendo incansablemente su estilo (para lo cual vuelve y rebusca siempre sobre los mismos temas) hasta alcanzar la casi perfección formal de sus últimas obras.
Claramente influido por Rubén Darío y los modernistas, poco a poco el modernismo del oriental comienza a volverse decadente, describiendo a la naturaleza con minuciosa precisión pero dejando en claro que la relación de ella con el hombre siempre representa un conflicto. Extravíos, lesiones, miseria, fracasos, hambre, muerte, ataques de animales, todo en Quiroga plantea el enfrentamiento entre naturaleza y hombre tal como lo hacían los griegos entre Hombre y Destino. La naturaleza hostil, por supuesto, casi siempre vence en la narrativa quiroguiana.
La morbosa obsesión de Quiroga por el tormento y la muerte es aceptada mucho más fácilmente por los personajes que por el lector: la técnica narrativa del autor presenta protagonistas acostumbrados al riesgo y al peligro, que juegan según reglas claras y específicas. Saben que no deben cometer errores porque la selva no perdona, y, al caer, lo hacen con algo de «espíritu deportivo» y suelen morir, dejando al lector ansioso y angustiado.
La naturaleza es ciega pero justa; los ataques sobre el campesino o el pescador (un enjambre de abejas enfurecidas, un yacaré, un parásito hematófago, una serpiente, la crecida, lo que fuese) son simplemente lances de un juego espantoso en el que el hombre intenta arrancar a la naturaleza unos bienes o recursos (como intentó Quiroga en la vida real) que ella se niega en redondo a soltar; una lucha desigual que suele terminar con la derrota humana, la demencia, las muertes o, simplemente, con la desilusión.
Hipersensible y excitable, dado a amores imposibles, frustrado en sus empresas comerciales pero aun así emocional y sumamente creativo, Quiroga abrevó en su propia vida trágica y en la naturaleza a la que estudió y padeció, con su férrea voluntad de trabajador y su sutil mirada de minucioso observador para construir una obra narrativa a la que la mayor parte de los críticos consideraron (y aún consideran) «poéticamente autobiográfica». Tal vez en este «realismo interno» u «orgánico» de las piezas de Quiroga resida el irresistible encanto que aún hoy ejercen sobre los lectores, que, sin darse cuenta, descubren en sus páginas la verdadera naturaleza del escritor que, tal vez como muy pocos en la literatura latinoamericana, fue capaz de susurrar sus propias palabras al oído, aunque a veces el murmullo se transforme en un grito desesperado.



Cuentos de amor de locura y de muerte PDF
Cuentos PDF


Fuente Wikipedia


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jueves, 22 de agosto de 2013

Guy de Maupassant


Henry Réne Guy de Maupassant nació en Dieppe, Francia, el 5 de agosto de 1850 y falleció en París el 6 de julio de 1893. Se formó literariamente con el escritor Gustave Flaubert y participó desde joven en su círculo literario. Se especializó en la narrativa breve, llegando a publicar más de doscientos cuentos a lo largo de su vida, de entre los cuales destacan Bola de sebo y El Horla. También escribió seis novelas cortas. Encuadrado en el naturalismo, su estilo es sencillo y realista, y transmite lo más sórdido y oscuro del comportamiento humano.


Hasta los trece años vivió con su madre, con quien tenía un estrecho vínculo debido al amor de ésta a los clásicos literarios y la pasión que inculcó a sus hijos por la lectura. Después marchó a estudiar al seminario de Yvetot, de donde fue expulsado, y que sería el origen de su particular aversión a lo religioso. Finalmente consiguió formarse con éxito en el Liceo Rouen. Poco después de graduarse empezó la guerra franco-prusiana, guerra que serviría de contexto para muchos de sus cuentos y en la que participó como soldado. Tras la guerra, ejerció de funcionario durante diez años, época que describe como aburrida y tediosa. Con el tiempo, y gracias a la influencia de Flaubert y otros escritores, llegó a ser editor de varios periódicos. 


Atacado por graves problemas nerviosos, síntomas de demencia y pánico hereditarios (reflejados en varios de sus cuentos como el cuento "Quién sabe", escrito ya en sus últimos años de vida) y a consecuencia de la sífilis, intenta suicidarse el 1 de enero de 1892.Luego de cuatro intentos suicidas en los que utilizaba navajas de afeitar para degollarse lo internan en la clínica parisina del Doctor Blanche, donde muere un año más tarde. Está enterrado en el cementerio de Montparnasse, en París.








        Los cuentos de horror del poderoso y cínico Guy de Maupassant, escritos hacia la época en que le empezaba a dominar su locura final, presentan características propias, y son efusiones morbosas de un cerebro realista en estado patológico, más que productos imaginativos sanos de una visión naturalmente inclinada hacia la fantasía y sensible a las ilusiones normales de lo invisible. Sin embargo, poseen el más vivo interés e intensidad, y sugieren con fuerza maravillosa la inminencia de unos terrores indecibles, y el acoso implacable al que se ve sometido un desdichado por parte de espantosos y terribles representantes de las negruras exteriores.
H.P. Lovecraft. 


Maupassant no pertenece a ninguna escuela ni fundó ninguna. El terror que expresa en sus cuentos es un terror personal e intransferible que nace en su alma enferma -y exclusivamente en ella- como presagio de su próxima desintegración. Antes de los treinta años, Maupassant era un escritor ya muy estimado. Por entonces aun no había escrito ningún cuento de miedo. A esa edad, ciertos trastornos visuales le hicieron consultar con un médico, el cual le observó una rigidez pupilar, primer síntoma de la neurolués que iba a acabar con su vida. "Desde 1881 -dice José María Sacristán, en su obra Genialidad y psicopatología, su temple vital se quiebra. Su concepción de la vida, alegre y optimista, cambia. En sus escritos comienza a traslucir el taedium vitae que invade su espíritu. El hombre jovial se torna melancólico. Los amigos le llaman 'el toro triste' ." El propio Maupassant confiesa: "Tengo miedo de mi mismo, tengo miedo del miedo; pero, ante todo, tengo miedo de la espantosa confusión de mi espíritu, de mi razón, sobre la cual pierdo el dominio y a la cual enturbia un miedo opaco y misterioso.". De esta época datan sus relatos terroríficos, que no eran sino un intento de sublimar su terror, de conjurarlo expresándolo, de librarse de él haciéndolo arte. Sus cuentos de miedo -El albergue, El miedo, Magnetismo, ¿Un loco?, La cabellera, La mano y, sobre todo, El Horla- son la protesta desesperada de un hombre que siente como su razón se desintegra.
    Louis Vax establece acertadamente una neta diferencia entre Merimée y Maupassant. Este es un enfermo que expresa su angustia; aquél es un artista que imagina en frío cuentos para asustar. la técnica de ambos escritores es diametralmente opuesta. Mérimée, como los ingleses victorianos a cuya categoría -contra toda lógica- pertenece, describe un protagonista normal, dotado de un sano y sólido sentido común. A su alrededor empiezan a manifestarse fenómenos incomprensibles, pero él no se da cuenta o los atribuye a motivos banales. Por fin, ante la desesperación del lector (que sí se daba cuenta, con creciente inquietud, de que la cosa se iba poniendo fea), el terror salta, evidente e insoslayable, y coge desprevenido al alegre protagonista. Este terror centrípeto es centrífugo en Maupassant. "En el Horla -dice Vax- hay al principio una inquietud interior, luego manifestaciones sobrenaturales reveladas sólo a la víctima; por último, también el mundo que la rodea es alcanzado por sus visiones. La enfermedad del alma se convierte en putrefacción del cosmos."

Rafael Llopis. Historia Natural de los cuentos de miedo. Ediciones Jucar. 1974


EL MIEDO

    EL tren corría, a todo vapor, en medio de las tinieblas.
    Me hallaba solo, frente a un anciano que miraba por la ventanilla. Olía con fuerza a fenol en aquel vagón del P.L.M., procedente sin duda de Marsella1.
    La noche era sin luna, sin aire, sofocante. No se veían estrellas, y el vapor que despedía el tren nos arrojaba a la cara una cosa caliente, blanda, abrumadora, irrespirable.
    Habíamos salido de París hacía tres horas y nos dirigíamos hacia el centro de Francia sin ver nada de las regiones que atravesábamos.
    De pronto fue como una aparición fantasmal. Alrededor de una gran hoguera, en un bosque, había dos hombres de pie.
    Lo vimos durante un segundo; nos pareció que eran dos miserables harapientos, rojos por la luz resplandeciente del fuego, con sus caras barbudas vueltas hacia nosotros, y a su alrededor, como un decorado de drama, árboles verdes, de un verde claro y brillante, con los troncos heridos por el vivo reflejo de las llamas, por el follaje atravesado, penetrado y mojado por la luz que fluía hasta dentro.
    Luego todo se volvió otra vez oscuro.
    ¡Extraña visión fue aquélla! ¿Qué hacían en aquel bosque aquellos dos vagabundos? ¿Por qué aquella hoguera en medio de una noche asfixiante?
    Mi vecino sacó su reloj y me dijo:
    —Son las doce de la noche en punto, señor, acabamos de ver algo muy singular.
    Me mostré de acuerdo y empezamos a hablar, a suponer qué podrían ser aquellos personajes: ¿malhechores que quemaban pruebas o brujos que preparaban un filtro? No se enciende un fuego como aquel a media noche, en pleno verano, en un bosque, para hervir una sopa. ¿Qué hacían entonces? No pudimos figurarnos nada verosímil.
    Y mi vecino empezó a hablar... Era un anciano cuya profesión no conseguí determinar. Un hombre original a buen seguro, muy culto y que tal vez parecía algo trastornado.
    Pero ¿sabe alguien quiénes son los sabios y quiénes los locos en esta vida donde la razón debería llamarse a menudo necedad y la locura genio?
    Me decía:
    —Estoy contento por haberlo visto. Durante unos minutos he sentido una sensación desaparecida.
    »¡Qué turbadora debía ser antaño la tierra, cuando era tan misteriosa!
    »A medida que se alzan los velos de lo desconocido, se despuebla la imaginación de los hombres. ¿No le parece, señor, que la noche está muy vacía y es de una oscuridad muy vulgar desde que ya no hay apariciones?
    »Suele decirse: “Basta de fantasías, basta de creencias extrañas, todo lo inexplicado es explicable. Lo sobrenatural mengua como un lago que desagua un canal; la ciencia hace retroceder, día tras día, los límites de lo maravilloso.”
    »Pues yo, señor, pertenezco a la vieja raza, a la que le gusta creer. Pertenezco a la vieja raza acostumbrada a no comprender, a no analizar, a no saber, habituada a los misterios circundantes y que rechaza la simple y clara verdad.
    »Sí, caballero, han despoblado la imaginación al descubrir lo invisible. Hoy nuestro mundo me parece un mundo abandonado, vacío y desnudo. Han desaparecido las creencias que lo hacían poético.
    »Cuando salgo de noche, cuánto me gustaría estremecerme con esa angustia que hace santiguarse a las viejas cuando pasan junto a las tapias de los cementerios, y echar a correr a los últimos supersticiosos ante los vapores extraños de los pantanos y los fantásticos fuegos fatuos! ¡Cuánto me gustaría creer en algo vago y terrorífico que uno imaginaba sentir pasar en la sombra.
    »¡Cuán sombría y terrible debía ser en otro tiempo la oscuridad de las noches, cuando estaba llena de seres fabulosos, de desconocidos, de merodeadores malvados cuyas formas no podían adivinarse, cuya aprensión helaba el corazón, cuyo oculto poder superaba los límites de nuestro pensamiento y cuya expectativa era inevitable!
    »A1 desaparecer lo sobrenatural, el verdadero miedo ha desparecido de la tierra, porque sólo se tiene miedo realmente de lo que no se comprende. Los peligros visibles pueden conmover, turbar, asustar. ¿Y qué es eso comparado con la convulsión que produce en el alma la idea de que vamos a tropezar con un espectro errante, que vamos a sufrir el abrazo de un muerto, que vamos a ver avanzar hacia nosotros una de esas bestias espantosas que ha inventado el espanto de los hombres? Las tinieblas me parecen luminosas desde que ya no las frecuentan.
    «Y la prueba de que es cierto es que si de pronto nos encontráramos solos en este bosque, nos perseguiría la imagen de los dos singulares seres que acaban de aparecérsenos a la luz de su hoguera mucho más que la aprensión de un peligro cualquiera y verdadero.»
    Y repitió: «Sólo se tiene miedo realmente de lo que no se comprende.»
    Y de pronto me vino a la memoria un recuerdo, el recuerdo de una historia que nos contó Turgueniev, un domingo, en casa de Gustave Flaubert2.
    No sé si acaso la escribió en alguna parte.
    Nadie ha sabido mejor que el gran novelista ruso trasladar al alma ese estremecimiento de lo desconocido, velado, y, en el claroscuro de un cuento extraño, dejar que se vislumbre todo un mundo de cosas inquietantes, inciertas y amenazadoras.
    Él sabe hacer sentir, como nadie, el miedo vago a lo invisible, el miedo a lo desconocido que hay tras la pared, tras la puerta, tras la vida aparente. Con él nos vemos bruscamente atravesados por luces dudosas que sólo iluminan lo suficiente para aumentar nuestra angustia.
    A veces parece mostrarnos el significado de coincidencias extrañas, de acercamientos inesperados de circunstancias en apariencia fortuitas, aunque guiadas por una voluntad oculta y taimada. Con él, uno cree sentir el hilo imperceptible que nos guía de forma misteriosa a través de la vida como a través de un sueño nebuloso cuyo sentido sin cesar se nos escapa.
    No penetra osadamente en lo sobrenatural, como Edgar Poe o Hoffmann; cuenta historias sencillas a las que sólo se mezcla un no sé qué de vagaroso y turbador.
    También nos dijo ese día: «Sólo se tiene realmente miedo de lo que no se comprende.»
    Estaba sentado, o más bien hundido en un gran sillón, con los brazos colgando, las piernas estiradas y distendidas, la cabeza totalmente cana, hundido en aquel gran oleaje de barba y de pelos plateados que le daban el aspecto de un Padre eterno o de un Río de Ovidio.
    Hablaba despacio, con cierta pereza que prestaba encanto a las frases y cierta vacilación en la lengua, algo pesada, que subrayaba la precisión coloreada de las palabras. Sus ojos claros y muy abiertos reflejaban, como ojos de niño, todas las emociones de su pensamiento.
    Éste fue el relato que nos hizo:
    Cazaba, en su juventud, en un bosque de Rusia3. Había caminado todo el día y, al final de la tarde, llegó a orillas de un riachuelo tranquilo.
    Corría bajo los árboles y entre los árboles, lleno de hierbas flotantes, profundo, frío y claro.
    Del cazador se apoderó una necesidad imperiosa de arrojarse a sus transparentes aguas. Se quitó la ropa y se lanzó a la corriente. Era un joven muy alto y muy fuerte, vigoroso y nadador intrépido.
    Se dejaba arrastrar despacio por la corriente, con el ánimo tranquilo, rozado por hierbas y raíces, feliz de sentir contra su carne el contacto ligero de las lianas.
    De pronto una mano se posó en su hombro.
    Se volvió de una sacudida y vio un ser espantoso que lo miraba ávidamente.
    Aquello se parecía a una mujer o a una mona. Tenía una cara enorme, llena de pliegues y gesticulante, que reía. Dos cosas innombrables, dos tetas sin duda, flotaban delante de ella, y unos cabellos larguísimos, enmarañados, rubios de sol, rodeaban su rostro y flotaban a su espalda.
    Turgueniev se sintió dominado por el miedo horroroso, el miedo glacial a las cosas sobrenaturales.
    Sin reflexionar, sin pensar, sin comprender, empezó a nadar de forma frenética hacia la orilla. Pero el monstruo nadaba más deprisa y le tocaba el cuello, la espalda y las piernas con pequeñas risitas de alegría. El joven, enloquecido de espanto, alcanzó por fin la orilla y se lanzó a toda velocidad a través del bosque, sin pensar siquiera en recuperar sus ropas y su escopeta.
    El ser espantoso le siguió, corriendo tan deprisa como é1 y gruñendo.
    El fugitivo, extenuado y paralizado de terror, estaba a punto de caer cuando acudió un niño que guardaba unas cabras armado de un látigo; empezó a golpear a la horrible bestia humana, que escapó lanzando gritos de dolor. Y Turgueniev la vio desaparecer en el boscaje, como si fuese una hembra de gorila.
    Era una loca que vivía en aquel bosque hacía más de treinta años de la caridad de los pastores, y que pasaba la mitad de sus días nadando en el río.
    El gran escritor ruso añadió: «Nunca en mi vida he tenido tanto miedo, porque no comprendía qué podía ser aquel monstruo.»
    Mi compañero, a quien conté esta aventura, prosiguió:
    —Sí, sólo se tiene miedo de lo que no se comprende. Realmente, sólo se experimenta esa horrible convulsión del alma llamada espanto cuando se mezcla al miedo un poco del terror supersticioso de los siglos pasados. Yo he sentido ese espanto en todo su horror, y por una cosa tan simple y tan tonta que apenas me atrevo a decirlo.
    »Viajaba yo por Bretaña completamente solo y a pie. Había recorrido el Finisterre, las landas desoladas y las tierras desnudas en que sólo crece el junco, cerca de las grandes piedras sagradas, de las piedras frecuentadas por apariciones. Había visitado la víspera la siniestra punta del Raz, ese cabo del viejo mundo donde combaten desde la eternidad dos océanos: el Atlántico y el mar de la Mancha; mi espíritu estaba invadido por leyendas, por historias leídas o contadas sobre esa tierra de creencias y supersticiones.
    »E iba de Penmarch a Pont-l’Abbé, de noche. ¿Conoce Penmarch? Una ría llana, completamente llana, muy baja, más baja que el mar al parecer. Desde cualquier sitio se ve, amenazador y gris, ese mar lleno de escollos babeantes como bestias furiosas.
    »Había cenado en una taberna de pescadores y ahora caminaba por una carretera recta, entre dos landas. La oscuridad era muy densa.
    »De vez en cuando, una piedra druídica semejante a un fantasma en pie parecía contemplar mi paso, y poco a poco iba apoderándose de mí una vaga aprensión; ¿de qué? No lo sabía. Hay noches en que uno cree que a su lado pasan rozándole espíritus, en que el alma tiembla sin razón, en que el corazón palpita por el miedo confuso de un no sé qué invisible que yo echo en falta.
    »Me parecía larga la carretera, larga e interminablemente vacía.
    »No había más ruido que el ronquido de las olas a lo lejos, a mi espalda, y en ocasiones ese ruido monótono y amenazador parecía muy próximo, tan próximo que creía tenerlo a mis talones, corriendo por la llanura con su frente de espuma, y me entraban deseos de escapar, de huir a toda velocidad hacia adelante.
    »El viento, un viento a ras de tierra que soplaba a ráfagas, hacía silbar los juncos a mi alrededor. Y aunque iba muy deprisa, sentía frío en los brazos y en las piernas: un infame frío de angustia.
    »¡Ay, cuánto hubiera deseado encontrarme con alguien!
    »Era tan densa la oscuridad que en ese momento apenas si distinguía la carretera.
    »Y de súbito oí delante de mí, muy lejos, el fragor de unas ruedas. Pensé: “Bien, un coche.” Luego no volví a oír nada.
    »Al cabo de un minuto percibí con toda claridad el mismo ruido, más cercano.
    »Sin embargo, no veía ninguna luz; pero me dije:
    “No tienen linterna. Nada sorprendente en este país de salvajes.”
    »El ruido volvió a detenerse, luego continuó. Era demasiado débil para que fuese una carreta; además no oía ningún trote de caballo, cosa que me sorprendía porque la noche era tranquila.
    »Empecé a pensar: “¿Qué será eso?”
    »¡Se acercaba deprisa, muy deprisa! Pero no oía más que una rueda... ningún golpeteo de hierros o de pies... nada. ¿Qué era aquello?
    »Estaba muy cerca, muy cerca; me lancé a una zanja con un movimiento instintivo, y vi pasar a mi lado una carretilla que corría... completamente sola, nadie la empujaba... Sí... una carretilla.., completamente sola...
    »Mi corazón empezó a latir con tanta violencia que me derrumbé en la hierba mientras escuchaba el traqueteo de la rueda que se alejaba, que se iba hacia el mar.
    »Y no me atreví ya a levantarme, ni a caminar, ni a hacer ningún movimiento; porque si hubiera vuelto, si me hubiera perseguido, me habría muerto de terror.
    »Tardé tiempo en reponerme, mucho tiempo. E hice el resto del camino con tal angustia en el alma que el menor ruido me cortaba el aliento.
    »¿Es estúpido, verdad? ¡Pero qué miedo! Cuando más tarde he pensado en este caso, lo he entendido: un niño descalzo empujaba sin duda la carretilla; y yo buscaba la cabeza de un hombre de altura normal.
    »¿Lo comprende usted?... Cuando en el alma ya se tiene un escalofrío de lo sobrenatural... una carretilla que corre... completamente sola... ¡Qué miedo!»
    Calló un momento y luego agregó:
    —Ya lo ve, señor, asistimos a un espectáculo curioso y terrible: ¡esa invasión del cólera!
    »Puede oler el fenol con que están emponzoñados estos vagones; y eso quiere decir que el cólera está ahí, en alguna parte.
    »Hay que ver Toulon en este momento. Vaya, se huele perfectamente que el cólera está ahí. El cólera. Y no es el miedo a una enfermedad lo que enloquece a la gente. El cólera es otra cosa, es lo invisible, es un azote de antaño, de los tiempos pasados, una especie de Espíritu malhechor que vuelve y que nos deja tan atónitos como espantados porque, al parecer, pertenece a épocas desaparecidas.
    »Me dan risa los médicos con su microbio. No es un insecto lo que aterroriza a los hombres hasta el punto de hacerlos tirarse por la ventana; ¡es el cólera, el ser indecible y terrible que viene del fondo de Oriente!
    »Cruce usted Toulon, bailan en las calles.
    »¿Por qué bailar en estos días de muerte? En el campo, alrededor de la ciudad, están quemando fuegos artificiales; encienden hogueras de alegría; las orquestas tocan melodías alegres en todos los paseos públicos.
    »Es que Él está ahí, es que desafían no al Microbio sino al Cólera, y que pretenden dárselas de valientes ante él, como ante un enemigo oculto que acecha. Bailan, ríen, gritan, encienden hogueras y tocan esos valses por él y para él, para el Espíritu que mata, al que notan presente en todas partes, invisible, amenazador, como uno de esos antiguos genios del mal que conjuraban los sacerdotes bárbaros...
    NOTAS.-
    1 Una epidemia de cólera, traída a Toulon por la tripulación de un navío a finales de junio de 1844, y que luego brotó en Marsella, en Arles y en París (en julio), había provocado veintitrés muertos en Toulon, 48 en Marsella y 8 en Arles, dando lugar a reacciones excesivas provocadas por el miedo.
    2 En 1876, Maupassant había conocido a Iván Turgueniev, por quien sentía gran respeto, en casa de Flaubert, a la que ei escritor ruso acudió los domingos durante años. Maupassant dedicó a la narrativa y a la personalidad de Turgueniev varios artículos.
    3 Turgueniev se había dado a conocer en 1852 con un libro titulado Memorias de un cazador.