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lunes, 14 de octubre de 2013

Francisco de Zurbarán



Contemporáneo y amigo de Velázquez, Zurbarán destacó en la pintura religiosa, en la que su arte revela una gran fuerza visual y un profundo misticismo. Fue un artista representativo de la Contrarreforma. Influido en sus comienzos por Caravaggio, su estilo fue evolucionando para aproximarse a los maestros manieristas italianos. Sus representaciones se alejan del realismo de Velázquez y sus composiciones se caracterizan por un modelado claroscuro con tonos más ácidos.

Francisco de Zurbarán nació el 7 de noviembre de 1598 en Fuente de Cantos (Badajoz). Sus padres fueron Luis de Zurbarán, comerciante acomodado, e Isabel Márquez.
 Otros dos importantes pintores del Siglo de Oro nacerían poco después: Velázquez (1599-1660) y Alonso Cano (1601-1667).


 En 1622 era ya un pintor reconocido, por lo que fue contratado para pintar un retablo para una iglesia de su ciudad natal.



Nominándose a sí mismo como «maestro pintor de la ciudad de Sevilla», Zurbarán despertó los celos de algunos pintores como Alonso Cano, a quien Zurbarán desdeñó. Se negó a pasar los exámenes que le darían derecho a utilizar este título, pues consideraba que su obra y el reconocimiento de los grandes tenían más valor que el de algunos miembros, más o menos amargados, de la corporación de los pintores. Le llovían los encargos de las familias nobles y para los grandes conventos que los mecenas andaluces protegían, como los de los jesuitas.



En 1634 efectuó un viaje a Madrid. Su estancia en la capital resultó determinante para su evolución pictórica. Se encontró con su amigo Diego Velázquez, con el que analizó y meditó sobre sus obras. Pudo contemplar las obras de los pintores italianos que trabajaban en la corte de España. Zurbarán renunció, desde ese momento, al tenebrismo de sus inicios, así como a las veleidades caravagistas. Sus cielos se hicieron más claros y los tonos menos contrastados.



Sevilla era uno de los grandes puertos europeos que vivía del comercio con las Américas. Los galeones llegaban cargados de oro y zarpaban con las bodegas llenas de productos españoles (entre otras cosas, obras de arte). Zurbarán empezó a producir pinturas religiosas para el mercado americano (en ocasiones, series de santos de diez y más obras). Ejemplo excepcional de la producción de Zurbarán para América es la serie de doce cuadros Las tribus de Israel, actualmente en Auckland, en el condado de Durham (Inglaterra); se supone que no llegaron a su destino por un ataque pirata.


Hacia 1636, Zurbarán intensificó la exportación a América del Sur. En 1647, un convento peruano le encargó treinta y ocho pinturas, veinticuatro de las cuales tenían que ser de Vírgenes a tamaño natural. En el mercado americano puso en venta, asimismo, algunos cuadros profanos, lo que le compensó de la disminución de la clientela andaluza, de la que otro pintor sevillano Murillo sería también víctima, y lo que explicaría, a su vez, la marcha de Alonso Cano a Madrid.



Los encargos que tenía Zurbarán eran muchos, y de ellos da cuenta un contrato encontrado según el cual Zurbarán vendió a Buenos Aires quince vírgenes mártires, quince reyes y hombres célebres, veinticuatro santos y patriarcas (todos ellos a tamaño natural) y también nueve paisajes holandeses. Zurbarán podía permitirse el mantener un taller importante con aprendices y asistentes. Su hijo Juan, conocido por ser un buen pintor de bodegones (escenas de cocina, mercados y naturalezas muertas), trabajó probablemente para su padre.



El 27 de agosto de 1664 Francisco de Zurbarán murió en Madrid2

También destacó en las naturalezas muertas dando prueba del cuidado respetuoso (casi afectuoso) que ponía en el trato de los objetos modestos, dotados, no obstante, de un valor simbólico.


Su aprecio creció después de su fallecimiento y su renombre traspasó las fronteras de España. El hermano menor de Napoleón, el impopular José Bonaparte, al que los españoles llamaban, compasivamente, el rey intruso o, desdeñosamente, Pepe botellas, hizo enviar a París, para el Museo Napoleón, algunas de las obras mayores de Zurbarán. Muchos generales del Imperio, e incluso el mariscal Soult se llevaron varios de esos cuadros sacados de Sevilla tras el cierre de los conventos.




 Christian Zervos (1889-1970), que fue director de los Cahiers d'art (Cuadernos de Arte) y un gran conocedor de la pintura de su tiempo —así como del Arte griego y del Arte prehistórico—, editor de un catálogo razonado de la obra de Pablo Picasso, reconoce que hay que atribuir a Zurbarán un lugar preponderante en el arte español:

«Exceptuando al El Greco, y quizá también a Velázquez, que es igual, sino superior, Zurbarán superó a todos los demás pintores españoles. Además su obra tiene mucha relación con las tendencias actuales de la pintura. Sin embargo su obra no es conocida ni apreciada en su justa medida, (…). La característica de la obra de Zurbarán es la de mostrar todo aquello que la pintura puede ofrecer respecto a la realidad humana, (…). Zurbarán presenta a sus santos y a sus monjes en la vida psíquica más concisa, pero a la vez más atormentada por las graves inquietudes espirituales provocadas por el deseo de aproximarse a Dios. No expresa, en sus cuadros, ningún sentimiento terrible. La muerte no tiene, para él, nada de espantoso.»


Como todos los maestros, Zurbarán, no da la impresión de haberse conformado y limitado a las exigencias requeridas por los encargos. Los artistas de segundo orden dicen, alto y claro, que el genio reposa en la libertad de expresión y que ser libre es no obedecer a nadie. Lamentable explicación de la libertad que condena, de hecho, a ser el servidor de sus deseos, de sus pasiones e, incluso, de sus pulsiones. A todo esto hay que oponer el genio de un Zurbarán para el que la libertad real consiste en trascender las prohibiciones, las reglas (sin desdeñarlas), y transformar toda exigencia en la ocasión propicia para crear una obra maestra. Esta actitud de no esclavizarse a las reglas (esclavitud a la que se atienen los espíritus mediocres) es el germen de la creación.












jueves, 23 de febrero de 2012

José Gutiérrez Solana

José Gutiérrez Solana (Madrid, 1886 -1945) fue un pintor, grabador y escritor expresionista español.

Estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando; después alternó estancias entre Cantabria y Madrid, pero tuvo tiempo para viajar por los pueblos y hasta para ser peón de la cuadrilla del torero Bombé, aunque vivió holgadamente con el dinero de su padre. Se instala en Madrid a finales de 1917, asistiendo a bailes, merenderos y museos suburbanos del Paseo del Prado, como el (entonces) solitario y destartalado Museo Arqueológico Nacional. Se acompaña de su inseparable hermano Manuel, que era cantante.
Solana crea un propio estilo, nada académico ni inclinado a las vanguardias, por más que frecuente la intelectualidad reunida en la tertulia de Pombo, cuyo animador y amigo Ramón Gómez de la Serna le dedicó un libro entero, a lo que correspondió el pintor con su cuadro Mis amigos (1920), donde pinta tal tertulia en torno a una mesa.
Gutiérrez Solana hizo una primera exposición en París (1928), que resultó un fracaso. En otra a la que acudió Alfonso XIII, sus cuadros se colgaron detrás de una puerta para que no incomodasen al monarca. Pero en 1936, cuando comienza la Guerra Civil, Solana es famoso y reconocido fuera y dentro de España. Se traslada a Valencia y luego a París. En 1939 vuelve a Madrid, donde fallece el día de San Juan, el 24 de junio de 1945.

Su pintura refleja, como la de Darío de Regoyos y la de Ignacio Zuloaga, una visión subjetiva, pesimista y degradada de España similar a la de la Generación del 98.
Fuera de la influencia que en él ejercen los pintores del tenebrismo barroco, en especial Juan de Valdés Leal, tanto por su temática lúgubre y desengañada como por las composiciones de acusado claroscuro, es patente la influencia de las Pinturas negras de Francisco de Goya o del romántico Eugenio Lucas. Su pintura es feísta y destaca la miseria de una España sórdida y grotesca, mediante el uso de una pincelada densa y de trazo grueso en la conformación de sus figuras. Su paleta tenebrista resalta el oscurantismo de la España del momento. Su obra puede estructurarse en torno a tres temas: las fiestas populares (El entierro de la sardina), los usos y costumbres de España (La visita del obispo) y los retratos (1920, Mis amigos).




Su pintura, de gran carga social, intenta reflejar la atmósfera de la España rural más degradada, de manera que los ambientes y escenarios de sus cuadros son siempre arrabales atroces, escaparates con maniquíes o rastros y ferias dignos de Valle-Inclán , tabernas,  y comedores de pobres, bailes populares, corridas, coristas y cupletistas, puertos de pesca, crucifixiones, procesiones, carnavales, gigantes y cabezudos, tertulias de botica o de sacristía, carros de la carne, caballos famélicos, ciegos de los romances, "asilados deformes", tullidos, prostíbulos, despachos atiborrados de objetos, rings de boxeo, ejecuciones y osarios.
Trabaja también el grabado, generalmente al aguafuerte, insistiendo en una técnica directa y más bien ruda, de trazos gruesos.

Como escritor posee un estilo semejante, de grandes cualidades descriptivas, vigoroso y enérgico, apropiado para la estampa costumbrista. Por ello la mayoría de sus obras son libros de viajes. Sus escritos más importantes son Madrid: escenas y costumbres (1913 y 1918, dos vols.), La España negra (1920), Madrid callejero (1923) y Dos pueblos de Castilla (1925). También escribió una novela, Florencio Cornejo(1926).












viernes, 20 de enero de 2012

José Ribera

Xátiva 1591- Nápoles 1652

También conocido como Jusepe de Ribera o Giuseppe Ribera en italiano. Pintor y grabador tenebrista español del siglo XVII. También fue llamado, por sus contemporáneos Lo Spagnoletto, o "el pequeño español", por su costumbre de firmar así sus obras.

Fue hijo de un zapatero, y aunque se carece de datos firmes acerca de sus comienzos artísticos, se sabe que estudió pintura en Valencia. Fue allí discípulo de F. Ribalta. Pero esta indicación tardía, aunque no improbable, es más una deducción que una noticia, y no está corroborada por documento alguno ni por relaciones concretas de orden estilístico. Lo que Ribera pudo pintar por entonces nos es desconocido en absoluto.

Hacia 1608-1610 marchó a Italia, de donde no había de volver. Consta que anduvo algún tiempo por Lombardía, y que en Parma llegó a realizar un encargo público que le llevó a admiraciones y rivalidades.

Gracias a investigaciones recientes, actualmente se posee bastante información de su época romana, antes muy oscura. Ribera llevó en Roma una vida pobre y bohemia, y durante cierto tiempo tuvo que trabajar por cuenta de otros pintores con taller establecido. Con él vivía su hermano Juan, dos años más joven, también pintor y que luego pasaría asimismo a Nápoles. Fue miembro de la Academia de san Lucas, y un testigo de excepción, el tratadista G. Mancini, señala que desde hacía mucho no había aparecido en Roma un pintor de mayores dotes naturales, que llegó a obtener gran fama y que sus cuadros fueron muy estimados por su resolución y colorido, a la manera de Caravaggio, pero “más tinto y más fiero”.

                                             Sileno ebrio, 1626

En 1616 se trasladó a Nápoles, donde residiría hasta su muerte, y se casó con la hija de un pintor local, Azzolino. Ribera se afirmó muy pronto como la personalidad más prestigiosa del foco pictórico napolitano, que por entonces se estaba convirtiendo en uno de los más brillantes de Italia.

Y desde Nápoles su fama se extendió por Europa. Buena parte de su producción fue realizada para la élite española que regía el aparato gubernamental de Nápoles, especialmente para los virreyes. A través de la clientela aristocrática, muchas obras riberianas fueron pasando contemporáneamente por España, donde valieron a su autor un prestigio sólo comparable con el de Velázquez.

              Apolo y Marsias

 El uso del tenebrismo de Caravaggio fue su punto fuerte, si bien en su madurez evolucionaría hacia un estilo más ecléctico y luminoso. Inició una intensa producción que lo mantuvo alejado de su España, a donde nunca regresó, pero se sintió unido a su país gracias a que Nápoles era un virreinato español y punto de encuentro entre dos culturas figurativas, la ibérica y la italiana. Se cuenta que cuando preguntaron a Ribera por qué no regresaba a su país, él contestó: «En Nápoles me siento bien apreciado y pagado, por lo que sigo el adagio tan conocido: quien está bien, que no cambie». Y explicó: «Mi gran deseo es volver a España, pero hombres sabios me han dicho que allí se pierde el respeto a los artistas cuando están presentes, pues España es madre amantísima para los forasteros y madrastra cruel para sus hijos».

                                              Discusión de filósofos


Entre 1620 y 1626 no se conocen pinturas suyas. A este tiempo pertenecen, en cambio, la mayoría de sus grabados, no inferiores en maestría técnica a sus obras de pincel.

Estas estampas contribuyeron considerablemente a difundir por Europa su fama: el Martirio de San Bartolomé, grabado en 1624, fue la invención del maestro más veces copiada, y la serie de estampas hecha con miras pedagógicas que representa particulares de anatomía humana vino a constituir, directamente o a través de imitaciones, una de las cartillas de iniciación al dibujo más en uso durante los siglos XVII y XVIII.

                                                      Diógenes

A partir de 1626, el desarrollo pictórico de Ribera puede seguirse puntualmente, ya que desde ese momento se poseen cuadros suyos firmados y fechados en casi todos los años. La sección mayor de su catálogo está compuesta por asuntos religiosos: personajes o escenas del Antiguo Testamento; figuras aisladas de santos, entre las que son muy abundantes las de penitentes; escenas de milagros y de martirios, en los que, contra lo que se ha dicho, el pintor sólo muestra derramamientos de sangre, prefiriendo fijar los momentos que anteceden o siguen al suplicio propiamente dicho; episodios del Nuevo Testamento… Estos temas no se distribuyen uniformemente en el tiempo, sino que su frecuencia relativa está íntimamente relacionada con la evolución estilística y espiritual del artista.
                                                        Magdalena

                                                            La mujer barbuda (1631). Actualmente está depositado en el Museo del Prado. Es uno de los cuadros más insólitos de la pintura europea del siglo XVII, ya que refleja a la mujer con un aspecto masculino por sufrir hirsutismo. En la obra aflora el drama psicológico de la mujer transformada en hombre y la resignación del marido.


Ribera cultivó también temas de mitología, a veces con acentos desmitificadores e irónicos aproximables a los de Velázquez; otros adoptando el énfasis humanista tradicional; en algunos cuadros de este género desarrolló con impresionante crudeza el motivo del sentimiento físico.

                                              Ticio

El gusto de Ribera por lo característico y lo popular, por los individuos de carne y hueso, encontró un campo para manifestarse mucho más libre que en la pintura de asunto religioso o mitológico en las series de Filósofos, pintorescas evocaciones de sabios de la antigüedad clásica, y en representaciones de mendigos y otros tipos de la vida circundante, que constituyen uno de los aspectos más atractivos de su producción.

               Filósofo o Platón


Ribera es una de las figuras capitales de la pintura, no sólo de la española, sino de la europea del siglo XVII y, en cierto modo una de las más influyentes ya que sus formas y modelos se extienden por toda Italia, Centroeuropa y la Holanda de  Rembrandt, dejando una gran huella en España.
Pero la especial circunstancia de ser un extranjero en Italia le ha hecho ser visto como una persona ajena a su tradición y a sus gustos. A su llegada a Italia está en todo su apogeo la novedad caravaggesca, en tensión con la renovación romano-boloñesa que revivía el gusto clasicista. Por este motivo, adoptó el tenebrismo que daban los flamencos y holandeses presentes en Roma, pero no dejó de ver y asimilar algo de las formas bellas del mundo clasicista.

                                                 Apollo

Lord Byron decía de Ribera que pintaba con la sangre de los Santos, por su intensidad en el trazo, por su desgarrada anatomía y por la truculencia de algunos temas. Pero Ribera no es rudo ni primitivo; completa su formación enriqueciéndose con otras obras de la cultura italiana que le son pronto familiares. Ante todo, el estudio de la gran pintura del Renacimiento. En la educación de Ribera hay otro elemento que le distancia de los artistas españoles: es el estudio de la antigüedad clásica, al modo que hacían los maestros renacentistas y barrocos europeos. Se interesa por los temas mitológicos (si bien no tuvo muchos encargos de este tipo) y estudia las esculturas del antiguo Imperio romano. Su extraordinaria calidad como dibujante y su dominio de la anatomía le alejan de los pintores españoles de su época, mayormente limitados por la clientela religiosa y por cuestiones de moral.

                                              El sueño de Jacob

A lo largo de sus obras, podemos visualizar que Ribera no va a ser un pintor con un único registro, sino que su lenguaje va a ceñirse con admirable precisión a cada uno de los hechos acaecidos. Superando el tenebrismo inicial, volverá a los intensos contrastes de luz y de sombra cuando ciertos asuntos lo exijan o cuando la iconografía lo reclame.

                                                San Jeronimo

Podemos decir que es un creador extraordinario ya que posee la capacidad de crear imágenes palpitantes de pasión verdadera al servicio de una exaltación religiosa y su inagotable capacidad de «inventor» de tipos humanísticos que prestan su severa realidad a santos y filósofos antiguos con idéntica gravedad, hacen de él una de las cumbres de su siglo.

http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_de_Ribera


                  
El tacto


La vista


El gusto



                                                                El oido



                                                                  El olfato




Grabados de José Ribera


              Cupido azotando a un sátiro