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lunes, 17 de noviembre de 2014

Goya y las brujas

El tema de la brujería en Goya tuvo un importante desarrollo. Desde su llegada a Madrid en 1774 Goya se relacionó con el grupo de ilustrados de la "villa y corte" y compartió plenamente sus ideas renovadoras. Entabló una gran amistad con Leandro Fernández de Moratín quien en la última década del siglo XVIII empezó a preparar la edición crítica de la relación del proceso de las brujas de Zugarramurdi editada en Logroño en 1611. Esa obra —que acabó publicándose en 1811— ejerció una enorme influencia en la visión de la brujería que Goya plasmó en sus cuadros y grabados, con la finalidad de "desterrar vulgaridades perjudiciales". Así Goya "traduce al óleo y aguafuerte la satirización de brujas que sus contertulios vierten en libros, almanaques y comedias".


                             
                           Vuelo de brujas (1797) de Francisco de Goya (Museo del Prado)

Julio Caro Baroja también ha destacado la influencia que seguramente tuvo en Goya la edición crítica que hizo su amigo Moratín , "Goya dio un paso más adelante que Moratín" ya que "intuyó algo que hoy día vemos claro, a saber: que el problema de la Brujería no se aclara a la luz de puros análisis racionalistas... sino que hay que analizar seriamente los oscuros estados de conciencia de brujos y embrujados para llegar más allá". Así Goya "nos dejó unas imágenes de tal fuerza que en vez de producir risa nos producen terror, pánico".


Goya pintó a finales del siglo XVIII una serie de seis pequeños cuadros sobre brujerías para el gabinete de la duquesa de Osuna en la finca llamada El Capricho: Vuelo de brujas (Museo del Prado); El conjuro y El aquelarre (Museo Lázaro Galdiano); La cocina de los brujos (colección privada, México), El hechizado por la fuerza (National Gallery de Londres) y El convidado de piedra (hoy en paradero desconocido).

                               El hechizado por la fuerza de Francisco de Goya (National Gallery)          

                             El Aquelarre, de Francisco Goya (Museo Lázaro Galdiano, Madrid).

Alrededor de una cuarta parte de la colección de grabados de Los Caprichos está dedicada a la brujería, "cuyos subtítulos reproducen a veces lemas de los ilustrados o condensaciones populares recogidas por aquéllos". "Goya pretende en sus Caprichos levantar la voz de la razón —idioma que espera todos entiendan— para exponer la miseria de la credulidad y desterrar la crasa ignorancia de la mente humana esclava del instinto, del interés del egoísmo". Por eso para Goya, como para Moratín y el resto de ilustrados, "la brujería es vieja, fea, celestinesca, repugnante e hipócrita. En las caras brujeriles violentamente retorcidas, en sus repulsivas y desgarradas muecas, en sus deformes bocas abiertas y expresiones infrahumanas adivinamos al agente de Satán", afirma Carmelo Lisón.


















                                  El Aquelarre,  de Francisco de Goya

El Aquelarre, pintura negra de Francisco de Goya. Según Julio Caro Baroja "es el símbolo más perfecto de una sociedad fea y bestial, dominada por crímenes y violencias de todas clases". Según Carmelo Lisón Tolosana esta pintura "es la composición satánica [de Goya] más impresionante: en nocturna asamblea preside el terrible, inquietante y poderoso Gran Cabrón a una masa de viejas brujas con caras embrutecidas, delirantes, alucinadas, con ojos desorbitados y bocas torcidas. Las acalaveradas cabezas, las posturas atentas y las admiradoras fauces entreabiertas escuchando a la espeluznante mancha negra que es el Gran Cabrón, cornudo y barbudo, contrastan con la damisela aprendiza, tocada de mantilla, joven y bien formada, atenta y atractiva que contempla, separada pero sin inmutarse, tan satánica escena. Genial pintura negra tan fantástica como monstruosa, en la que Goya toca techo humano: el embrutecimiento de seres racionales por un extremo y su satanización por otro. El problema de la brujería sobrepasa nuestra capacidad racional. El Gran Cabrón y el aquelarre afirman con su nocturnidad macabra el triunfo de la irracionalidad, la persistencia del Mal".


                                 Dos viejos comiendo sopa, pintura negra de Francisco de Goya.

Fuentes;

jueves, 23 de febrero de 2012

José Gutiérrez Solana

José Gutiérrez Solana (Madrid, 1886 -1945) fue un pintor, grabador y escritor expresionista español.

Estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando; después alternó estancias entre Cantabria y Madrid, pero tuvo tiempo para viajar por los pueblos y hasta para ser peón de la cuadrilla del torero Bombé, aunque vivió holgadamente con el dinero de su padre. Se instala en Madrid a finales de 1917, asistiendo a bailes, merenderos y museos suburbanos del Paseo del Prado, como el (entonces) solitario y destartalado Museo Arqueológico Nacional. Se acompaña de su inseparable hermano Manuel, que era cantante.
Solana crea un propio estilo, nada académico ni inclinado a las vanguardias, por más que frecuente la intelectualidad reunida en la tertulia de Pombo, cuyo animador y amigo Ramón Gómez de la Serna le dedicó un libro entero, a lo que correspondió el pintor con su cuadro Mis amigos (1920), donde pinta tal tertulia en torno a una mesa.
Gutiérrez Solana hizo una primera exposición en París (1928), que resultó un fracaso. En otra a la que acudió Alfonso XIII, sus cuadros se colgaron detrás de una puerta para que no incomodasen al monarca. Pero en 1936, cuando comienza la Guerra Civil, Solana es famoso y reconocido fuera y dentro de España. Se traslada a Valencia y luego a París. En 1939 vuelve a Madrid, donde fallece el día de San Juan, el 24 de junio de 1945.

Su pintura refleja, como la de Darío de Regoyos y la de Ignacio Zuloaga, una visión subjetiva, pesimista y degradada de España similar a la de la Generación del 98.
Fuera de la influencia que en él ejercen los pintores del tenebrismo barroco, en especial Juan de Valdés Leal, tanto por su temática lúgubre y desengañada como por las composiciones de acusado claroscuro, es patente la influencia de las Pinturas negras de Francisco de Goya o del romántico Eugenio Lucas. Su pintura es feísta y destaca la miseria de una España sórdida y grotesca, mediante el uso de una pincelada densa y de trazo grueso en la conformación de sus figuras. Su paleta tenebrista resalta el oscurantismo de la España del momento. Su obra puede estructurarse en torno a tres temas: las fiestas populares (El entierro de la sardina), los usos y costumbres de España (La visita del obispo) y los retratos (1920, Mis amigos).




Su pintura, de gran carga social, intenta reflejar la atmósfera de la España rural más degradada, de manera que los ambientes y escenarios de sus cuadros son siempre arrabales atroces, escaparates con maniquíes o rastros y ferias dignos de Valle-Inclán , tabernas,  y comedores de pobres, bailes populares, corridas, coristas y cupletistas, puertos de pesca, crucifixiones, procesiones, carnavales, gigantes y cabezudos, tertulias de botica o de sacristía, carros de la carne, caballos famélicos, ciegos de los romances, "asilados deformes", tullidos, prostíbulos, despachos atiborrados de objetos, rings de boxeo, ejecuciones y osarios.
Trabaja también el grabado, generalmente al aguafuerte, insistiendo en una técnica directa y más bien ruda, de trazos gruesos.

Como escritor posee un estilo semejante, de grandes cualidades descriptivas, vigoroso y enérgico, apropiado para la estampa costumbrista. Por ello la mayoría de sus obras son libros de viajes. Sus escritos más importantes son Madrid: escenas y costumbres (1913 y 1918, dos vols.), La España negra (1920), Madrid callejero (1923) y Dos pueblos de Castilla (1925). También escribió una novela, Florencio Cornejo(1926).












viernes, 20 de enero de 2012

José Ribera

Xátiva 1591- Nápoles 1652

También conocido como Jusepe de Ribera o Giuseppe Ribera en italiano. Pintor y grabador tenebrista español del siglo XVII. También fue llamado, por sus contemporáneos Lo Spagnoletto, o "el pequeño español", por su costumbre de firmar así sus obras.

Fue hijo de un zapatero, y aunque se carece de datos firmes acerca de sus comienzos artísticos, se sabe que estudió pintura en Valencia. Fue allí discípulo de F. Ribalta. Pero esta indicación tardía, aunque no improbable, es más una deducción que una noticia, y no está corroborada por documento alguno ni por relaciones concretas de orden estilístico. Lo que Ribera pudo pintar por entonces nos es desconocido en absoluto.

Hacia 1608-1610 marchó a Italia, de donde no había de volver. Consta que anduvo algún tiempo por Lombardía, y que en Parma llegó a realizar un encargo público que le llevó a admiraciones y rivalidades.

Gracias a investigaciones recientes, actualmente se posee bastante información de su época romana, antes muy oscura. Ribera llevó en Roma una vida pobre y bohemia, y durante cierto tiempo tuvo que trabajar por cuenta de otros pintores con taller establecido. Con él vivía su hermano Juan, dos años más joven, también pintor y que luego pasaría asimismo a Nápoles. Fue miembro de la Academia de san Lucas, y un testigo de excepción, el tratadista G. Mancini, señala que desde hacía mucho no había aparecido en Roma un pintor de mayores dotes naturales, que llegó a obtener gran fama y que sus cuadros fueron muy estimados por su resolución y colorido, a la manera de Caravaggio, pero “más tinto y más fiero”.

                                             Sileno ebrio, 1626

En 1616 se trasladó a Nápoles, donde residiría hasta su muerte, y se casó con la hija de un pintor local, Azzolino. Ribera se afirmó muy pronto como la personalidad más prestigiosa del foco pictórico napolitano, que por entonces se estaba convirtiendo en uno de los más brillantes de Italia.

Y desde Nápoles su fama se extendió por Europa. Buena parte de su producción fue realizada para la élite española que regía el aparato gubernamental de Nápoles, especialmente para los virreyes. A través de la clientela aristocrática, muchas obras riberianas fueron pasando contemporáneamente por España, donde valieron a su autor un prestigio sólo comparable con el de Velázquez.

              Apolo y Marsias

 El uso del tenebrismo de Caravaggio fue su punto fuerte, si bien en su madurez evolucionaría hacia un estilo más ecléctico y luminoso. Inició una intensa producción que lo mantuvo alejado de su España, a donde nunca regresó, pero se sintió unido a su país gracias a que Nápoles era un virreinato español y punto de encuentro entre dos culturas figurativas, la ibérica y la italiana. Se cuenta que cuando preguntaron a Ribera por qué no regresaba a su país, él contestó: «En Nápoles me siento bien apreciado y pagado, por lo que sigo el adagio tan conocido: quien está bien, que no cambie». Y explicó: «Mi gran deseo es volver a España, pero hombres sabios me han dicho que allí se pierde el respeto a los artistas cuando están presentes, pues España es madre amantísima para los forasteros y madrastra cruel para sus hijos».

                                              Discusión de filósofos


Entre 1620 y 1626 no se conocen pinturas suyas. A este tiempo pertenecen, en cambio, la mayoría de sus grabados, no inferiores en maestría técnica a sus obras de pincel.

Estas estampas contribuyeron considerablemente a difundir por Europa su fama: el Martirio de San Bartolomé, grabado en 1624, fue la invención del maestro más veces copiada, y la serie de estampas hecha con miras pedagógicas que representa particulares de anatomía humana vino a constituir, directamente o a través de imitaciones, una de las cartillas de iniciación al dibujo más en uso durante los siglos XVII y XVIII.

                                                      Diógenes

A partir de 1626, el desarrollo pictórico de Ribera puede seguirse puntualmente, ya que desde ese momento se poseen cuadros suyos firmados y fechados en casi todos los años. La sección mayor de su catálogo está compuesta por asuntos religiosos: personajes o escenas del Antiguo Testamento; figuras aisladas de santos, entre las que son muy abundantes las de penitentes; escenas de milagros y de martirios, en los que, contra lo que se ha dicho, el pintor sólo muestra derramamientos de sangre, prefiriendo fijar los momentos que anteceden o siguen al suplicio propiamente dicho; episodios del Nuevo Testamento… Estos temas no se distribuyen uniformemente en el tiempo, sino que su frecuencia relativa está íntimamente relacionada con la evolución estilística y espiritual del artista.
                                                        Magdalena

                                                            La mujer barbuda (1631). Actualmente está depositado en el Museo del Prado. Es uno de los cuadros más insólitos de la pintura europea del siglo XVII, ya que refleja a la mujer con un aspecto masculino por sufrir hirsutismo. En la obra aflora el drama psicológico de la mujer transformada en hombre y la resignación del marido.


Ribera cultivó también temas de mitología, a veces con acentos desmitificadores e irónicos aproximables a los de Velázquez; otros adoptando el énfasis humanista tradicional; en algunos cuadros de este género desarrolló con impresionante crudeza el motivo del sentimiento físico.

                                              Ticio

El gusto de Ribera por lo característico y lo popular, por los individuos de carne y hueso, encontró un campo para manifestarse mucho más libre que en la pintura de asunto religioso o mitológico en las series de Filósofos, pintorescas evocaciones de sabios de la antigüedad clásica, y en representaciones de mendigos y otros tipos de la vida circundante, que constituyen uno de los aspectos más atractivos de su producción.

               Filósofo o Platón


Ribera es una de las figuras capitales de la pintura, no sólo de la española, sino de la europea del siglo XVII y, en cierto modo una de las más influyentes ya que sus formas y modelos se extienden por toda Italia, Centroeuropa y la Holanda de  Rembrandt, dejando una gran huella en España.
Pero la especial circunstancia de ser un extranjero en Italia le ha hecho ser visto como una persona ajena a su tradición y a sus gustos. A su llegada a Italia está en todo su apogeo la novedad caravaggesca, en tensión con la renovación romano-boloñesa que revivía el gusto clasicista. Por este motivo, adoptó el tenebrismo que daban los flamencos y holandeses presentes en Roma, pero no dejó de ver y asimilar algo de las formas bellas del mundo clasicista.

                                                 Apollo

Lord Byron decía de Ribera que pintaba con la sangre de los Santos, por su intensidad en el trazo, por su desgarrada anatomía y por la truculencia de algunos temas. Pero Ribera no es rudo ni primitivo; completa su formación enriqueciéndose con otras obras de la cultura italiana que le son pronto familiares. Ante todo, el estudio de la gran pintura del Renacimiento. En la educación de Ribera hay otro elemento que le distancia de los artistas españoles: es el estudio de la antigüedad clásica, al modo que hacían los maestros renacentistas y barrocos europeos. Se interesa por los temas mitológicos (si bien no tuvo muchos encargos de este tipo) y estudia las esculturas del antiguo Imperio romano. Su extraordinaria calidad como dibujante y su dominio de la anatomía le alejan de los pintores españoles de su época, mayormente limitados por la clientela religiosa y por cuestiones de moral.

                                              El sueño de Jacob

A lo largo de sus obras, podemos visualizar que Ribera no va a ser un pintor con un único registro, sino que su lenguaje va a ceñirse con admirable precisión a cada uno de los hechos acaecidos. Superando el tenebrismo inicial, volverá a los intensos contrastes de luz y de sombra cuando ciertos asuntos lo exijan o cuando la iconografía lo reclame.

                                                San Jeronimo

Podemos decir que es un creador extraordinario ya que posee la capacidad de crear imágenes palpitantes de pasión verdadera al servicio de una exaltación religiosa y su inagotable capacidad de «inventor» de tipos humanísticos que prestan su severa realidad a santos y filósofos antiguos con idéntica gravedad, hacen de él una de las cumbres de su siglo.

http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_de_Ribera


                  
El tacto


La vista


El gusto



                                                                El oido



                                                                  El olfato




Grabados de José Ribera


              Cupido azotando a un sátiro